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TESTIMONIOS
Doña
Leonor Izquierdo de Machado
José María Palacio
Monumento
a Leonor en el Palacio de Almenar
Miguel Moreno
La
hermana de Leonor
Por Pedro Chico y Rello
Doña Leonor Izquierdo de Machado
Por José María Palacio
El Porvenir Castellano, 5 de agosto de 1913.
Pocas
veces con más razón que en la presente podremos decir que el dolor
embarga nuestro ánimo y que es muy difícil que el entendimiento
tenga la lucidez necesaria para reflejar sobre unas cuartillas la verdad y la
intensidad de aquel.
Ha muerto la esposa amantísima de nuestro entrañable, del amigo
del alma Don Antonio Machado.
Doña Leonor Izquierdo de Machado, tan joven, tan buena, tan bella, tan
digna del hombre en cuyo corazón es todo generosidad y en cuyo cerebro
dominan potentes destellos de inteligencia, ha muerto, y ¡parece mentira!
. ¡Pobre Leonor!
Es absurdo, en verdad querido Machado, incomprensible, cruel, pero la muerte
es así de atrabiliaria y de inconmovible.
Piense usted una vez más en aquellos profundos versos, saturados de ironía
y de desprecio, de su hermano Manuel, poeta excelso como usted:
¡Que la vida se tome la pena de matarme
ya que yo no me tomo la pena de vivir!
Pero
no, la vida no es la que mata, aunque ella represente la pena de vivir, pena
sobre todo en estas circunstancias de usted, en que se ve una juventud tronchada
y toda la inmensidad de cariños y de ilusiones perdidos. ¿Por
qué, Dios mío, ha de ser la vida tan amarga?
Su alma de poeta y de artista se estremeció profundamente ante la virtud
y la belleza, y su lira repleta de epitalamios y su pecho rebosante de generosidad
y de grande afecto, dispuestos estuvieron un día llamado por usted el
más feliz de su vida, en la noche más triste, a una ofrenda santa
que usted, amigo del alma, prolongará siempre, pero que una enfermedad
traidora y tenaz ha convertido de una manera verdaderamente absurda en amarga
tristeza y en desconsuelo, que cuando es tan intenso como el suyo, anonada y
desespera.
Yo quiero que llore usted lo menos posible; juntos hemos llorado la desdicha
y con nosotros la lloran cuantos conocen y estiman a usted y conocieron y estimaron
a Leonor, ¡a Leonor que a pesar de todos los cariños, de todos
los cuidados, de todos los sacrificios, de todos los medios imaginados por usted
y los médicos, a todas horas para arrebartarla a la Parca, pudo ésta
más que todos, y no fue posible hacerla sobrevivir a la enfermedad que
minó su existencia poco a poco, sin nada que se puediera oponer a su
avance!
¿Por qué los hombres, en vez de matarse los unos a los otros,
y de odiarse, no hemos de estudiar la manera de conservar la vida a los jóvenes?
¿Somos demasiado torpes, o demasiado pequeños?
Escribo estas cuartillas entre las miradas de los que conmigo velan el cadáver
de la que fue (y ayer era todavía. Un siglo y un minuto de tiempo) su
amantísima esposa.
¡Qué de consideraciones se agolpan a la imaginación ante
un cadáver de una mujer joven y buena!
Lleva usted veinticuatro horas horribles, transido por el dolor y deshecho por
el llanto. Junto a usted lloran también dos madres buenas, igualmente
desconsoladas. Y de vez en vez, la mano angelical de una infantita que también
llora por su hermana, limpia las lágrimas a su madre. Dentro del mismo
dolor hay alguna nota de consuelo.
Todos los amigos de usted queremos llevarle una parte muy grande, primero en
el dolor y después en el consuelo.
La redacción de El Porvenir que tiene de antiguo por usted cariños
muy sentidos, toma una parte sincerísima en su desgracia.
Yo que vivo cada vez más intensa y mas concentrada la vida de mis afectos,
quiero llevar una proporción, la más grande, aparte la de usted
en su propia pena.
Y su parte pedirán también otros muchos, y no pocos desde lejos.
¿No puede aliviarle a usted, esto un poco, querido Machado?
Fue usted todo para Leonor, en amor, en tiempo, en actividad y en esfuerzo,
y ella que está donde están las almas limpias y vírgenes
como la suya, ha de bendecirle y enviarle alientos para continuar esta lucha
que la vida representa, casi siempre con penas, y pocas veces con satisfacciones.
En esta impresión dominadora y terrible de ahora, yo he dicho sin hilación,
y con dolor unas cuantas cosas. Es seguro que no reflejan bien un estado de
alma porque no pueden reflejarlo.
Pero si ellas no lo reflejan, mientras rezo una oración en honor a la
memoria de Leonor, tan buena, tan joven y tan digna de usted, como la pobre
hermanita que secaba las lágrimas a su madre, yo abro los brazos para
que sobre ellos deje usted caer las suyas, que también alivian el espíritu.
Y caen sobre un pecho amigo que las acoge con cariño y las guarda con
predilección para decir luego a quien la arrojó: El dolor santifica
las almas grandes. Hay que ser fuertes ante el dolor....
MONUMENTO A LEONOR EN ALMENAR
Por Miguel MORENO
Escrito de Miguel Moreno recordando las fechas de los homenajes a Machado: 03-12-1929 y 14-08-1975 (Monumento).
“14-8-1979.
Placa-Monumento sobre la reja natal de Leonor. También aquel año
1979 se celebraron – XL aniversario de la muerte del poeta en Collioure
– homenajes a Antonio Machado, publicándose en la prensa monografías,
ensayos y artículos diversos. En “mi” Campo Soriano –
que dirigía a la sazón – hallaron acogida innumerables colaboraciones.
Pues bien, el 14 de agosto de aquel año fui “único notario
del mundillo de la información”, en Almenar, de un acto tan sencillo
como entrañable.
En unas instancia de aquellos nobles muros, había nacido Leonor el 12
de junio de 1894. La sala-alcoba tenía, al exterior, una ventana con
aparejo de sillería, y bien guarnecida de reja forjada. Sobre ella vendría
la placa: EL PRIMER MONUMENTO – Y POSIBLEMENTE, AUN, UNICO – EN
HONOR A LEONOR Y ANTONIO.
El Castillo, aunque fortaleza, tiene también rango palaciego. Es una
pieza de arquitectura militar, pero suntuaria. Los señores de Almenar,
cuando aún no eran Condes de Gómara, lo edificaron y dotaron conformes
a su rango.” (Biblioteca de Miguel Moreno).
LA HERMANA DE LEONOR
Por Pedro CHICO Y RELLO
Antoñita, (la única hermana de Leonor), también era muy bonita. Tenía 13 años, cuando la conocí en la Casa de Huéspedes de su admirable madre doña Isabel Cuevas, hermana de don Gregorio, prestigioso odontólogo de la calle del Collado, que tenía su clínica al lado de la farmacia de Ignacio Carrascosa, frente a la plaza de San Estaban; era gran amigo mío, (siempre fiel y leal), como lo era don José María palacio, cultísimo Profesor auxiliar de mi Cátedra de Geografía, (“Palacio, buen amigo..., como lo definió Machado), de aquella nuestra Normal de Soria, considerada entonces como la número 1, entre todas las de España, y así lo reconoció la “Revista de Escuelas Normales”, que se enviaba a todos los países.
* * *
Permanecí
dos años en la Casa de Huéspedes citada, sucediendo a machado
en las habitaciones ocupadas por él y su esposa Leonor, hasta mi boda
con la Profesora Gárate. Con este motivo, el colosal poeta me escribió
dos cartas, en que me hablaba de su inmenso amor a Soria, y del enorme interés
por su infantil cuñadita, rogándome que me encargara de su educación,
de la dirección de sus estudios en la Normal femenina, en donde fue discípula
de mi esposa, la cual había realizado su preparación el la Escuela
Superior del Magisterio de Madrid, y con el Profesor Gentil, de la Facultad
de Ciencias de la Sorbona, en Paría.
Mi esposa y yo, tutelamos, con verdadero cariño, a la hermana de Leonor,
que, tras cuatro años de estudios, realizó su carrera de maestra.
Como Leonor, era Antoñita, de gran hermosura de cuerpo y alma.
En los años 1917, 1918 y 1919, en que yo permanecí en casa de
doña Isabel y del matrimonio Machado, cumplió Antoñita
los 13 y 14 años.
Insisto en que era inteligentísima, angelical y traviesa, como a su edad
correspondía, como un cascabelillo, que animaba y consolaba a doña
Isabel, abrumada, para siempre, por la muerte de otra hija, Leonor.
Sigamos describiéndola: rostro ovalado perfecto, (véase las fotos
que acompaño). Vestía de negro, por la muerte de Leonor. Normalmente
desarrollaba, cejas finas y negras, de dibujo perfecto. Ojos negros y grandes.
Naricilla preciosa, y boca pequeñita y sonriente.
Completando su extraordinaria belleza, la hermana de Leonor, poseía una
espléndida cabellera negrísima, recogida en dos largas y gruesas
trenzas. Observad su gesto de triste dulzura. En la foto que acompaño
se advierte su riguroso luto por Leonor, a la que idolatraba. Elegante abrigo
negro, con cuello de piel. Grandes pendientes, colgando de una cadenita.
* * *
Antoñita me causó un dolor terrible. Como anécdota curiosa,
os diré que la hermana de Leonor, aquella chiquilla tan traviesa, me
causó el dolor físico más tremendo de mi vida.
Gustaba yo de dar largos paseos por los altiplanos de la capital del Alto Duero,
(lo mismo que Machado hacía), hasta Toledillo y Cidones, por la carretera
de Burgos; o hasta Golmayo, Carbonera, Fuentetoba y Los Rábanos; o hasta
el sagrado cerro, numantino, de La Muela; o subiendo a San marcos y Santa Ana,
desde donde dibujé mi panorama acuarelado de toda la provincia, de tres
metros y medio de longitud .
* * *
Una tarde, traje de mi paseo, una vara de fresno, flexible y fuerte, cual florete de acero toledado. Y a la hermanita de Leonor, se le antojó mi vara. Quiso arrebatármela, violentamente, porque yo no quise dársela degrado, pues la había cogido, y escogido, en el campo, para señalar con ella, en el gran mapa mural de mi clase, los lugares y hechos geográficos de España, a mis alumnos (Alonso del río, Teógenes Ortego, Anselmo Romero Marín, Antonio Gómez Chico, Carlos Rey Aparicio, Francisco roncal, Jesús Bernal, Demetrio Delso, Escolástico González Izquierdo, y tantos y tantos discípulos míos, sorianos e insignes.
* * *
La hermanita
de Leonor, cogió, con toda su fuerza, la vara de fresno, que yo no soltaba.
Forcejeamos. Y no cedíamos ninguno de los dos.
De pronto, y como un terrible florete de acero, que ella había curvado,
con todos sus nervios en tensión formidable, en su afán de arrebatármela,
se soltó por un extremo, y me cruzó con violencia increíble,
ambos ojos abiertos.
Fue el dolor físico más espantoso que he sufrido en toda mi vida.
Y no le di la vara, porque al día siguiente tenía que usarla en
clase, para explicar a mis alumnos, en el Mapa mural de España, los valles
de la gigantesca cadena de los Pirineos españoles, y el fantástico
Parque Nacional de Ordesa.