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LA POESÍA DE ANTONIO MACHADO
Pedro Salinas
I Centenario
ANTONIO Machado vuelve a publicar en sus Poesías Completas en tercera edición. Ha adoptado el poeta para la entrega al público de su nueva obra el procedimiento acumulativo que seguía Whitman de añadir cada unos cuantos años a su obra ya anterior y conocida las nuevas poesías unidas al conjunto total, de modo que el lector tenga siempre presente, junto a lo más reciente de la creación, lo más remoto, lo inicial de ella. La poesía se nos ofrece así como un ser vivo en toda su integridad, en la florescencia de todas sus primaveras, en su cuerpo, tronco, y en sus últimas raíces. Para el lector distraído, acaso cambie poco lo que ve, y se le antoje simple repetición de lo ya visto; para el que mira atentamente, la poesía de Machado crece, se desarrolla en cada edición sin prisa, sin llamativa vistosidad, pero sin cesar y siempre con tan profunda fidelidad a su impulso más remoto, que estas Poesías Completas, lejos de ser una simple colección de materiales, aparecen como fábrica viva constantemente renovada en un trabajo interior callado y profundo.
Catálogo
de la Exposición LOS MACHADOS Y SU TIEMPO. FAM. 1987
Cada temperamento poético ofrece hasta en el modo de publicar sus obras,
indicio de su modo de ser. Antonio Machado, repitiendo una y otra vez, junto
con lo nuevo, lo ya publicado de su producción. Se diría que nos
muestra su conformidad consigo mismo, su aceptación incondicional de
todos los momentos de su musa, una especie de serena y señorial complacencia
en ser lo que se ha sido, en haber sido lo que se es. Antonio Machado es un
típico poeta del 98, caso curioso de esa fuerza centrípeta de
la literatura de principios del siglo, la cual convocó a españoles
dispersos en los puntos más distantes de la Península, a un vasco
como Unamuno, a un gallego como Valle-Inclán, a un levantino como Azorín,
a un sevillano como Machado, para ponerlos a todos bajo la enseña de
lo español y en encendido entusiasmo por Castilla. Castilla, desde el
punto de vista literario, ha sido crisol hispánico. «Mi infancia
son recuerdos de un patio de Sevilla...», «mi juventud,
veinte años en tierra de Castilla»; así dice el poeta
en su «Autorretrato» (Campos de Costilla, 1907), y lo que dice de
sí podríamos nosotros reiterarlo de su poesía. Porque la
primera fase de la poesía de Antonio Machado se parece extraordinariamente
a recuerdos de un patio de Sevilla. No a la ciudad misma. No. No a uno de sus
patios, sino a todo el encanto de ella y de ellos revivido o desvivido en el
recuerdo, trascendido de materia a sueño. En la primera colección
extensa de sus obras (Soledades. Galerías. Otros poemas), Machado
es el poeta de lo interior. Viviendo en una tierra llena de plásticas
y atractivas evidencias, Andalucía, el poeta, sin embargo escoge el otro
lado, y los datos de realidad, en sus obras, están mirados en el revés
más poético que tienen. Hay expresiones en toda esta primera parte
de Machado, empezando por los títulos: Soledades (la hermosa
palabra, tan repleta de significación, que ahora Machado sitúa
al frente de una poesía de la vida recóndita, poniéndola
así en signo inverso al gongorino, cuando Góngora la hacía
titular de la más espléndida manifestación de poesía
exterior), Galerías, «... esas galerías sin. fondo,
del recuerdo», «laberinto de espejos», «lienzos de recuerdo»,
que acusan su rumbo hacia los llamamientos interiores. Una voz le llama en la
poesía LXIV, le invita a ir con ella «a ver el a1ma»;
desde entonces el poeta avanza en su sueño «por una larga,
escueta galería». Nada de vanidades, muy pocas quejas: «no
hay que llorar, silencio». Una esperanza vaga y resignada casi a
no ser ni esperanza. Un errar «siempre buscando a Dios entre la niebla...»,
sin saber nada de nosotros («Nada sabemos de las almas nuestras»),
sin confianza en las palabras del sabio que no enseñan más que
el silbo del viento, sin otro don que la memoria: «el don prec1aro
de evocar los sueños». ¡Qué sorprendente ver
a un poeta andaluz, de esa tierra tan injusta y vulgarmente adscrita a la jovialidad
pintoresca y al cascabeleo, pronunciar las pa1abras poéticas más
graves, más serias y melancólicas que se alzan en su tiempo! Pero
aún es mucho más sorprendente la poesía de Machado, sorprendente
en su firme y acusada independencia, si la consideramos en relación con
el momento cronológico en que aparece. Corren los años triunfales
del modernismo literario. La renovación poética diríase
que se inclina, que rinde todos sus favores a ]a poderosa fuerza de Rubén
Darío. Vida exterior, sensualidad y opulencia decorativas, tema de artificioso
refinamiento, exotismo, sobre todo, musicalidad, colorismo, ritmo, lujos y juegos
verbales, invaden el parnaso español y seducen a las jóvenes musas.
Antonio Machado no se rinde. Admirador y amigo personal de Rubén Darío,
que escribió sobre él poéticas palabras exactas, este rujo
de una tierra sensual, en un momento de tentaciones de una poesía sensual,
afirma sin la menor petulancia, sin ánimo alguno de combate, por simple
modo de ser, una poesía sobria, austera, desdeñosa de complacencias
fáciles y de vanidades de los sentidos. Por Antonio Machado, por Juan
Ramón Jiménez, sospechó Rodó la existencia de una
Andalucía recóndita tan distinta de la litografía en colores
del siglo XIX. Y por Antonio Machado y por otro gran poeta de su época,
Miguel de Unamuno, debería ya empezar la historia literaria española
a sospechar en la precaria y superficial existencia de un modernismo poético
en España a la manera del de Rubén Darío el americano.
Terminado su alegre alboroto, su vistoso desfile, sin resistencia ante el paso
del tiempo. Perduran, en cambio, con todas las probabilidades de ser poesía
para siempre, esas otras voces sordas y recatadas como la de Machado, que representaba
la discordancia con el modernismo, la resistencia a él en el punto dc
su máximo esplendor aparente.
La segunda aparición al público de la poesía de Antonio Machado es Campos de Castilla (1912). El título en su exacta localización, ¿significa acaso una restricci6n de esa enorme amplitud de lo soñado, un sujetarse a los límites de la tierra y de una tierra? No mucho. Porque si Antonio Machado sale entonces de su mundo íntimo, de sus galerías interiores, es para asomarse a un paisaje, a una tierra, que son precisamente aquellos en que lo material y localizado se halla precisamente en las fronteras de la desmaterialización y la eternidad; el famoso paisaje castellano, paisaje de los místicos y de los héroes, el que arrancó a aquel espolique de José Ortega y Gasset su frase de hombre ofendido: "Señor, en Castilla no hay curvas". En Campos de Castilla Machado nos muestra que, por muy en la realidad geográfica que se esté, se puede seguir buscando el alma. Campos de Castilla significa, además, en la obra del poeta su máxima asimilación de la mentalidad del 98. Es la visión de una Castilla atormentada o ingenua, de la «tierra triste y noble" envuelta en sus andrajos, y que guarda su secreto de no saber si espera, duerme o sueña. Hay en Campos de Castilla y en la poesía inmediatamente posterior mucha parte de meditaciones sobre España, de preocupación española, de obediencia al espíritu del 98. Véase, por ejemplo: «El mañana efímero”, "Elogio a Azorín", «Una España joven», "España en paz". Por un instante roza Antonio Machado la poesía de ideas, de ideas precisamente del 98, de las ideas de pesimismo y de renovación, de sentir dolorido de nuestra tierra y de anhelo de resurgimiento. La visión de España, en esta segunda época de la poesía de Machado, se presenta a veces con la pura limpieza de lo más directo, con esa exquisita nitidez y sobriedad en la captación verbal, tan peculiar en Antonio Machado. Recuérdense, por ejemplo, los poemas de Soria. Pero alternando con este ver derecho, con este pasar sin intermediarios de la realidad real a la realidad poética, de la poesía castellanista de Machado, hay otros ejemplos en los que, con toda claridad, entre los ojos del poeta y el mundo que tiene delante, se apelotonan nociones, conceptos sobre España, sobre los españoles, de los que entonces circulaban como moneda corriente entre nuestros intelectuales. Es la famosa España trágica, la Castilla “por donde cruza errante la sombra de Caín", los tipos de locos, de criminales, de seres deformes que también se asoman a otras figuraciones artísticas de España por aquellos momentos: la pintura de Zuloaga. Son las ideas regeneradoras, “La España que alborea / con un hacha en lo mano vengadora/, España de la rabia y de la idea". Por esto zona de su poesía toca el poeta andaluz con ese complejo de ideas y de sensibilidad que suscitó el desastre español del 98. Más adelante en las Nuevas canciones, la inspiración de Antonio Machado parece remansarse. Se repiten las canciones de paisaje, acentuaciones felices de los aciertos de lo popular, y abunda mucho un tipo de poesía que desde el comienzo fue muy grata o Machado. Poesía de un doble abolengo español culto y popular: la poesía epigramática, sentenciosa, refugiada en formas muy breves, de copla, hecha a veces de un simple dístico, reducida en alguna ocasión a cuatro palabras (“hoy es siempre, todavía»), pura notación poética. Son los Proverbios y cantares verdaderos caprichos de pensamiento. A ratos, estos proverbios parece que van a parar a Sem Tob y lapidario poeta medieval, no ya sólo por su forma, sino por la filosofía un poco escéptica que propagan; otras, las más, nos inducen, sin embargo, a recordar los más felices momentos de la poesía popular. Son como cantares de pensador. Es en Antonio Machado la poesía de pensamiento que se adensa más y más en su última y más reciente época, la de un “Cacionero apócrifo", que el poeta atribuye a su doble Abel Martín. De indispensable lectura para quien quiera conocer a Antonio Machado son esas cincuenta páginas de prosa, que comprenden, por un lado, la obra del fabulado Abel Martín, y por otro el “Cancionero Apócrifo" de Juan de Mairena. Exposición de su metafísica, de su poética, entreveradas con poesías que aclaran o ejemplifican el curso del pensamiento, constituyen un cuaderno de poesía del más alto valor. Todo ello expresivo de cómo se acentúa en la obra de Antonio Machado ]a densidad de pensamiento, la afición a un tipo de poesía entre filosófica y humorística, relampagueante de profundidades y de caprichos mentales, en ]a que, sin embargo, de cuando en cuando trasparece esa diamantina sencillez de Machado. El libro cierra muy bien. El poeta que se asomó durante una temporada a las tierras de Castilla y anduvo por su superficie, ya va otra vez soterrado por su galena. Y sus poesías terminan con ese mismo ademán de melancólica introspección con que empezaron.
*******
LOS VERSOS DE ANTONIO MACHADO

Julio, 1912
(Libro Homenaje, 1975.)
En el
zodíaco poético de nuestra España actual hay un signo Géminis:
los Machado, hermanos y poetas. El uno, Manuel, vive en la ribera del Manzanares.
Es su musa más bien escarolada, ardiente, jacarandosa; cuando camina,
recoge con desenvoltura el vuelo flameante de su falda almidonada y sobre el
pavimento ritma los versos con el aventajado tacón. El otro, Antonio,
habita las altas márgenes del Duero y empuja meditabundo el volumen de
su canto como si fuera una fatal dolencia.
Mas dentro del pecho llevamos una máquina de preferir y, menesterosos
de resolverme por uno de ambos, me quedo con la poesía de Antonio, que
me parece más casta, densa y simbólica.
Sólo conozco dos libros suyos: creo que no hay más, pero no lo
sé de cierto. En 1907 publicó Soledades, y ahora en este
año, en este ominoso, gravitante, enorme silencio español, da
al canto unos Campos de Castilla.
En las páginas que inician esta última colección, compone
el poeta su autorretrato y, aparte detalles biográficos, donde con ademán
que expresa una cierta fatalidad, nos dice:
Ya conocéis mi torpe aliño indumentario,
hace en cuatro versos su acto de fe poética:
¿Soy
clásico o romántico? No sé. Dejar quisiera
mi verso como deja el capitán su espada.
Famosa por la mano viril que la blandiera,
No por el docto oficio del forjador preciada.
Este
verso postrero es admirable: en la concavidad de su giro se dan un beso la vieja
poesía y una nueva que emerge y se anuncia. El verso, como una espada
en ejercicio y no de panoplia o museo; una espada que hiere y que mata, y en
cuyo filo al aire libre, los rayos del sol se dejan cortar, riendo muchachilmente.
El verso como una espada en uso, es decir, puesta al extremo de un brazo que
lleva al otro extremo las congojas de un corazón.
Hubo un tiempo en que se llamaba poesía a esto:
Era una
tarde del ardiente Julio.
Hasta de marco tulio,
Ovidio y Paluto, Anquises y Medea...
Cuando
vinimos al mundo se nos dijo que esto era poesía. ¿Cómo
puede pedírsenos que el mundo nos parezca cosa grata y de alborozo? Reinaba
entonces una poesía de funcionario. Era bueno un verso cuando se parecía
hasta confundirse a la prosa, y era la prosa buena cuando carecía de
ritmo. Fue preciso empezar por la rehabilitación del material poético:
fue preciso insistir hasta con exageración en que una estrofa es una
isla encantada, donde no puede penetrar ninguna palabra del prosaico continente
sin dar una voltereta en la fantasía y transfigurarse, cargándose
de nuevos efluvios como las navas otro tiempo se colmaban en Ceilán de
Especias. De la conversación ordinaria a la poesía no hay pasarela.
Todo tiene que morir antes para renacer luego convertido en metáfora
y en reverberación sentimental.
Esto vino a enseñarnos Rubén Darío, el indio divino, domesticador
de palabras, conductor de los corceles rítmicos. Sus versos han sido
una escuela de forja poética. Ha llenado diez años de nuestra
historia literaria.
Pero ahora es preciso más: recobrada la salud estética de las
palabras, que es su capacidad ilimitada de expresión, salvado el cuerpo
del verso, hace falta resucitar su alma lírica-.Y el alma del verso es
el alma del hombre que lo va componiendo. Y este alma no puede a su vez consistir
en una estratificación de palabras, de metáforas, de ritmos. Tiene
que ser un lugar por donde dé su aliento el universo, respiradero de
la vida esencial, spiraculum vitae, como decían los místicos
alemanes.
Yo encuentro en Machado un comienzo de esta novísima poesía, cuyo
más fuerte representante sería Unamuno si no despreciara los sentidos
tanto. Ojos, oídos, tacto, son las hacienda del espíritu; el poeta
muy especialmente tiene que empezar por una amplia cultura de los sentidos.
Platón, de quien gentes distraídas aseguran que fue un fugitivo
del mundo sensible, no deja de repetir que la educación hacia lo humano
ha de iniciarse forzosamente en esta lengua disciplina de los sentidos, o como
él dice: ta erótica. El poeta tendrá siempre sobre
el filósofo esta dimensión de la sensualidad.
Pero dejemos tan difícil cuestión. Antonio Machado manifestó
ya en Soledades su preferencia por una poesía emocional y consiguientemente
íntima, lírica, frente a la poesía descriptiva de sus contemporáneos.
Allí se lee, por ejemplo:
Y
pensaba: “¡Hermosa tarde, nota de la lira inmensa
toda desdén y armonía;
hermosa tarde, tú curas la pobre melancolía
de este rincón vanidoso, oscuro rincón que piensa!
Y también:
Nosotros
exprimimos
la penumbra de un sueño en nuestro vaso...
y algo, que es tierra en nuestra carne, siente
la humedad del jardín como un halago,
donde revive aquella arcaica filosofía de Anaxágoras, eternamente poética, según la cual yacen en cada cosa elementos de las substancias que componen todas las demás, y por eso se entienden, conocen, conviven y al crepúsculo lloran juntas los comunes dolores. Así, en el hombre hay agua, tierra, fuego, aire e infinitas otras material.
Más adelante leemos:
Al
borde del sendero un día nos sentamos.
Ya nuestra vida es tiempo y nuestra sola cuita
son las desesperantes posturas que tomamos
para aguardar.... Mas Ella no faltará a la cita.
Sin embargo,
no se ha libertado aún el poeta en grado suficiente de la materia descriptiva.
Hoy por hoy, significa un estilo de transición. El paisaje, las cosas
en torno persisten, bien que volatilizadas por el sentimiento, reducidas a claros
símbolos esenciales. Por otra parte, la cumplida sobriedad de los cantos
y letrillas populares le ha movido a simplificar cada vez más la textura
de sus evocaciones, dispuestas ya a la sencillez, al vigor y a la transparencia
por la condición del poeta que, según nos confiesa, va incitado
por “un corazón de ritmo lento”.
De esta manera ha llegado al edificio de estrofas, donde el cuerpo estético
es todo músculo y nervio, todo sinceridad y justeza, hasta el punto que
pensamos si no será lo más fuerte que se ha compuesto muchos años
hace sobre los campos de Castilla.
Léase dos o tres veces, sopesando cada palabra, este trozo:
Yo
divisaba, lejos, un monte alto y agudo,
y una redonda loma cual recamado escudo,
y cárdenos alcores sobre la parda tierra
- harapos esparcidos de un viejo arnés de guerra –
las serrezuelas calvas por donde tuerce el Duero
para formar la corva ballesta de un arquero
en torno a Soria – Soria es una barbacana
hacia Aragón que tiene la torre castellana -.
Vela el horizonte cerrado por colinas
oscuras, coronadas de robles y de encinas;
desnudos peñascales, algún humilde prado
donde el merino pace y el toro, arrodillado
sobre la hierba rumia; las márgenes del río
lucir sus verdes álamos al claro sol de estío...
¿No es ésta nuestra tierra santa de la vieja Castilla bajo uno de sus aspectos, el noble y el digno de veneración honda, pero recatada? Mas nótese que no estriba el acierto en que los alcores se califiquen de cárdenos ni la tierra de parda. Estos adjetivos de colores se limitan a proporcionarnos como el mínimo aparato alucinatorio que nos es forzoso para que actualicemos, para que nos pongamos delante una realidad más profunda, poética, y sólo poética, a saber: la tierra de Soria humanizada bajo la especie de un guerrero con casco, escudo, arnés y ballesta, erguido en la barbacana. Esta fuerte imagen subyacente de humana reviviscencia a todo el paisaje y provee de nervios vivaces, de aliento y de personalidad a la pobre realidad inerte de la cárdena y parda gleba. En la materia sensible de colores y formas queda así inyectada la historia de Castilla, sus gestas bravías de fronteriza raza, su angustia referencia erudita, que nada puede decir a nuestros sentidos.
En otra composición, “Por tierras de España”, se habla, en fin, del hombre de estos campos, que
hoy
ve sus pobres hijos huyendo de sus lares;
la tempestad llevarse los limos de la tierra
por los sagrados ríos hacia los anchos mares;
y en páramos malditos trabaja, sufre y yerra.
Es el natural producto de estas provincias, donde
veréis
llanuras bélicas y páramos de asceta
- no fue por estos campos el bíblico jardín -;
son tierra para el águila, un trozo de planeta
por donde cruza errante la sombra de Caín.
Como antes el paisaje se alza transfigura en guerrero, aquí el labriego es disuelto en su agreste derredor y queda sometido trágicamente a los ásperos destinos de la tierra que trabaja.
Antonio Machado y la Literatura Uruguaya
http://www.ucm.es/info/especulo/numero11/machado.html
"En el rastreo de las posibles vías de contacto directo entre Antonio Machado (1875-1939) y el ámbito de la literatura uruguaya, los primeros datos condujeron, de inmediato, a Julio J. Casal y la Revista Alfar. A ese relacionamiento se dedica la primera parte de esta pesquisa, revisando de paso las posturas estéticas de Antonio Machado ante el advenimiento de las vanguardias de posguerra y de la década del 20 en España, de las cuales Alfar fuera vehículo protagónico.
De la fermental, convulsionada, y ya trágica, década del treinta, la personalidad literaria de Antonio Machado emerge como una figura emblemática de la dignidad y el compromiso de los intelectuales ante el momento histórico vivido por España. El planteo fue rastrear la conformación del "paradigma machadiano" a partir de una publicación uruguaya, concretamente, el Boletín de la AIAPE (Agrupación de intelectuales, artistas, periodistas y escritores). Su relevamiento muestra que la difusión de las posturas del poeta durante esa década (en materia ética, estética y de política cultural), así como la resonante cobertura de su muerte (una suerte de martirologio de ojos abiertos), fueron factores determinantes para la construcción de ese paradigma en el imaginario de las letras uruguayas. Relacionando el trauma histórico de la Guerra Civil española, con las posturas de A. Machado ante las circunstancias previas, y puntuales, a este hecho, la pesquisa se propone aportar datos para una hipótesis. La misma refiere a que el pensamiento del poeta, en los varios niveles mencionados, haya oficiado como factor coadyuvante del desmontaje vernáculo de las vanguardias de los años 20, prefigurando así, la conformación de un canon (crítico y poético) más volcado a la responsabilidad civil del compromiso literario y ciertamente desconfiado de otras búsquedas estéticas o de experimentación expresiva.
Ya en la década del 40 es posible visualizar la huella de A. Machado en los nuevos poetas del momento, subrayando la presencia de José Bergamín en nuestro país (a partir de 1948 y en distintas etapas hasta avanzada la década del 50) como un hecho determinante para que el vínculo con la obra de Machado se diera en forma más entrañable que hasta entonces."
http://www.abastodenoticias.com/tt_hilo_msq9999999989_idq44_pgq1_nvq0.htm
ANTONIO MACHADO (1875-1939)
“Por estos campos de la tierra mía
bordados de olivares polvorientos,
voy caminando solo,
triste, cansado, pensativo y viejo.”
Antonio Machado*******
LA VOZ DE LA COMUNICACION HUMANA
“La inseguridad, la incertidumbre, la desconfianza, son acaso nuestras únicas verdades... La inseguridad es nuestra madre; nuestra musa es la desconfianza”. Habla Machado, por boca de Juan de Mairena. Mairena es más bien un aspecto, una faceta de Machado: el Machado audaz, escéptico, irónico, más andaluz y más alegre que el “otro” Machado.
A veces resulta muy difícil convencerse de que Mairena dice las verdades -todas las verdades- de Machado. El tono semi-disparatado, semi-sentencioso del maestro apócrifo nos hace creer que no estamos en presencia del Machado serio. Machado respetaba mucho la filosofía, muy poco a los filósofos. “Los grandes filósofos son los bufones de la divinidad” ¿es elogio o burla? Quizá porque respetaba la filosofía, y aborrecía de la “pose” y del dogmatismo. “No toméis demasiado en serio -¡cuántas veces os lo he de repetir!- nada de lo que os diga. Desconfiad sobre todo del tono dogmático de mis palabras”. En su libro sobre Machado nos cuenta Serrano Plaja. “quiero recordar aquí que otro día en que fui a verle con Emilio Prados, hablando de temas literarios, fue la conversación hasta dar en la palabra “filosofía”. A este respecto, Machado declaró “que de estas cosas no podía escribir en serio”.
Porque los temas filosóficos que le interesaban -la radical soledad del hombre, el impulso hacia la comunión, o como dice Abel Martín, la incurable otredad que padece, la nada, la muerte, la dignidad del hombre y el impulso ético, eran continuación en buena parte de su visión poética del mundo. Con menos consuelo afectivo, con menos salvación estética que en algunos poemas: la inteligencia escueta frente a lo inevitable pero sin renunciar al diálogo, a la comunión con los demás. “El que no habla a un hombre no habla al hombre; el que no habla al hombre, no habla a nadie”. Machado siempre se entregó, o quiso entregarse, solamente a los hombres: “Poned atención / un corazón solitario / no es un corazón”.
Ese desconfiado prodigioso que fue Machado desconfió por lo pronto -e instintivamente, como hombre bien nacido que era, como aristócrata del espíritu- de las voces hueras de Don Nadie. Pero desconfió también -y esto es lo que queremos subrayar ahora- de las voces de la soledad y de la angustia. Mejor dicho; no las rechazó, las aceptó pero sin dejar de luchar contra ellas. O, quizá, mejor al lado de ellas, pero para trascenderlas. Para encontrar otra cosa: un diálogo, una comunión, un tú esencial. “No es el yo fundamental / eso que busca el poeta / sino el tú esencial”.
Sí: soledad, angustia, preocupación, zumban constantemente; y constantemente también sin espantarlas jamás definitivamente, sigue el poeta su camino, buscando el otro. “Mas busca en tu espejo al otro, / al otro que va contigo”. Esto explica el interés de los poetas de hoy por Machado y su obra. Machado es precursor de la poesía de hoy por partido doble. Por haberse interesado -apasionado será más exacto- por los temas “comprometidos”. Y por haberse acercado al tú esencial -y haberlo hecho existencialmente- en forma que más allá de la desconfianza, de la soledad, de la incertidumbre, se estableciera un contacto -no por implícito menos profundo- entre el poeta y el pueblo. Pueblo no entendido como “grupo”, como “masa”. No hay nada menos “masa” que el pueblo como lo concibió Machado. “Por muchas vueltas que le doy -decía Mairena- no hallo manera de sumar individuos”. Y ello en repuesta al que firmaba que la sociedad era una mera suma de individuos. El pueblo para Machado, no era masa, sino comunidad depositaria de una sabiduría muy antigua. De él podía y debía aprender el poeta.
El diálogo es para Machado fuente de esperanza, consuelo inagotable: “Converso con el hombre que siempre va conmigo”. De ahí, la paradoja: Machado, el gran solitario, el hombre “desconfiado”, resulta a la postre uno de los españoles de su tiempo que más y mejor lograron la comunicación humana. Que menos solo estuvo. Que conoció el amor, la amistad, el auténtico diálogo. Que desde el fondo de su soledad supo suscitar un movimiento de simpatía, de admiración y de amor que ha seguido dilatándose hacia adelante. Si pudiéramos hallarnos en presencia de los hombres del 98, iríamos a contemplar, a admirar, el rostro exaltado de Juan Ramón, escucharíamos un buen rato a Unamuno; pero para dialogar -para tener una conversación profunda, auténtica, cordial- nos acercaríamos todos a Machado. Y como dijo el poeta andaluz. “Para dialogar, / preguntad primero; / después ... escuchad”.