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Los
dos Machados
Adolfo Marsillac
Estructura
poética del dolor: una aproximación al poema "Allá
en las altas tierras"
Por Miguel J. Pérez
Machado y la literatura Uruguaya
LOS DOS MACHADOS
Por Adolfo
Marsillac
SORIA, "Hogar y Pueblo"
(Suplemento cultural, 1975)
Hay dos
Machados como hay dos Españas. O tal vez fuera más exacto escribir
que hay dos Machados porque hay, precisamente, dos Españas.
No me estoy refiriendo, claro, a Antonio y a Manolo. No quiero decir que hay
una España de luz y otra de sombras. Ni hablo de Soria yde Sevilla. ni
de "el alma de nardo del árabe español". Ni
de "casi desnudo como los hijos de la mar". No. Yo hablo
de otra cosa.
Hablo, escribo, cuento y digo dolorosamente que en mi vida, como en la de tantos
españolitos de mi edad, hay dos Antonios diferentes. Uno, el de la versión
oficial de mis tiempos de bachillerato. Otro, el de mis búsquedas y mis
encuentros, a veces estudiosos, a veces circunstanciales.
Cuando la Guerra Civil terminó, yo tenía once años. Para
mí, el 18 de julio fue un despertar de disparos a la sombra de mi balcón.
Y el 26 de enero de 1939 - cuando las tropas de Yagüe y de Solchaga entraban
en Barcelona - una algarabía de gritos y de brazos en alto.
En medio, entre ambas fechas, el estallido de las bombas, la humedad de los
refugios y un pastoso sabor a algarrobas secas y crujientes. Poco más.
Pasé del Auxilio Social al Instituto, casi sin darme cuenta. Del plato
único, al alfabeto griego. De los estraperlistas, a los Reyes Godos.
De los campamentos juveniles, a las ecuaciones de segundo grado. De la mirada
de mi madre, a las uñas negras de mi profesor de latín.
Había que cantar "prietas las filas, recias, marciales" si
uno quería, de alguna manera, labrarse un porvenir.
Me lo labré. Mal, pero me lo labré. Con mi carga a cuestas de
aciertos y de errores. Y con un bagaje de conocimientos en el que me sobraban
algunas cosas y me faltaban, en cambio, muchas más.
A los hombres de mi generación no hay por donde cogernos. Ni vencedores
ni vencidos, somos un poco como esos testigos inútiles a los que ni el
fiscal ni el abogado defensor les apetece llamar a declarar. Quizá porque
suponen - no sé si con razón - que no tenemos mucho que decir.
Antonio llegó a mi aula una tarde de invierno. Una profesora de literatura
- escote facistoide y peinado arriba España - dictaba monótonamente
algunos datos: que si nació en Sevilla en julio de 1875, que si se trasladó
a Madrid con su familia, que si vivió en París, que si se casó
y enviudó muy pronto...
En aquellos años - de penitencia, según Carlos Barral - los poetas
eran, simplemente, hacedores de versos. Folkloristas de la chalina y lancelotes
de sueños imposibles. Habían nacido para cantar a la tarde y a
los azulados ojos de su amada.
Al lado - o mejor dicho, aparte - de estos poetas del laúd y del merengue,
estaba la raza elegida de los cantores épicos. Los que, entre soneto
y soneto, habían reconquistado Teruel o se habían sublevado en
Burgos.
A éstos, mi profesora de literatura los explicaba de otra forma.
Mi primera novia - que se llamaba Mercedes y era de familia monárquica
de toda la vida - recitaba sobre el estrado "anoche cuando dormía,
soñé, ¡bendita ilusión!". A todas las primeras
novias de entonces les fluía - ¡qué se le va a hacer! -
una fontana dentro de su corazón.
Mi padre guardaba en casa - puedo recordar en qué sitio exacto de la
biblioteca - una bonita edición de los poemas de Antonio publicada por
la Residencia de Estudiantes. A mi me gustaba abrir ese libro porque tenía
- no sé por qué - un olor especial.
Allí descubrí un Machado distinto al de mi profesora. El de Guiomar
y Don Guido, el de las gentes del "alto llano numantino"
y el de la Tierra de Alvargonzález. A veces, cuando me quedaba a solas
en mi dormitorio, tomaba uno de esos poemas y leía en voz alta lentamente:
"la campana de la Audiencia da la una". Y al decir: "cam-pa-na",
desgranaba arrebatos de recitador cursi y onomatopéyico.
Tuvieron que pasar, sin embargo, muchas cosas y tuve que crecer de prisa y bien
despierto, para enterarme de que había otro hombre y otro poeta. De que
en los días sangrientos de mi infancia, cuando los campos no eran sólo
abono de trigales, Antonio se desenredaba de los álamos, se desceñía
del Duero y de los chopos, y se comprometía con su tiempo y con su España.
No fue fácil para mi entenderlo. Aún no estaba Collioure en mis
hirientes geografías. Del retrato de Rubén al poema a Líster
quedaba un largo trecho por caminar.
Yo no digo - porque no tengo vocaciones esquemáticas - que ese último
Machado de su peregrinaje, de su exilio y de su muerte, sea mejor que el otro.
Yo no escribo que el amor de los poetas sea menos respetable que su andadura
política. Yo no hablo de un Machado para olvidar el otro. No. Yo hablo
de otra cosa.
Yo hablo de que los dos son cosa mía. De que los dos son cosa nuestra.
De que a los dos los quiero. Y de que no perdono a los que me hicieron creer
que solo había uno.
ESTRUCTURA
POÉTICA DEL DOLOR:
UNA APROXIMACIÓN AL POEMA
“ALLA EN LAS ALTAS TIERRAS”
Por Miguel J. Pérez
Será difícil encontrar – nosotros no lo conocemos –
entre los grandes poetas de nuestro siglo un caso como el de Machado, en lo
que a la expresión del sentimiento amoroso se refiere. En toda su obra
poética anterior a la muerte de su esposa no hallamos poema alguno que
haga referencia a su amada, salvo – parece ser – una breve alusión
el poema CX. “En tren”:
Y la niña que yo quiero,
¡ay!, preferirá casarse
con un mocito barbero !
Dejamos
aparte, claro está, el estremecedor y alegórico “A un olmo
seco”, escrito, como se sabe, en los albores de su última agonía;
pero que, si cronológicamente es anterior, pertenece temática
y estructuralmente al grupo de poemas dedicados a la muerte de su amada .
Sabemos que Machado amó profundamente y en silencio a la que había
de ser su esposa, a quien conoce en diciembre de 1907. Pero, ¿por qué
este silencio?
¿Temía Machado hacer público su amor con una mujer/niña,
con la que se casa el 30 de julio de 1909, metido ya el poeta en los 35 años?
¿Es suficiente esta explicación? Desde luego, sabemos, por sus
propias palabras, que tuvo que sufrir las cencerradas de los “señoritos”
de Soria.
Todo eso es cierto, pero no lo consideramos razón suficiente para aquel
silencio. Nosotros aventuramos – sólo aventuramos – otra
explicación más profunda, más en consonancia con la manera
de ser y el pensamiento machadiano y más acorde con su propia teoría
del amor. Y es que para poder cantar algo es necesario apoderarse de ello previamente,
hacerlo nuestro. Pero en Machado ese “súbito incremento del caudal
de vida ” – con que, según sus palabras, empieza a manifestarse
el amor – fue creciendo, con la presencia de Leonor y la contemplación
de la tierra de Soria, hasta tal punto que le desbordó y lo zambulló
en sus aguas engulléndoselo de modo que el poeta quedó inmerso/diluido
en ellas y olvidado de sí mismo, sin fuerzas ni ganas para cantar; en
un estado idéntico, al de San Juan de la Cruz cuando exclama perdido
en el gozo amoroso:
Quédeme y olvídeme,
el rostro recliné sobre el amado,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado.
Tras
la muerte de Leonor, transcurrido un tiempo y sobrepuesto al primer impulso
de quitarse la vida – como nos dice en carta a J. Ramón -, aquel
amor le da fuerzas para apoderarse, ahora sí, de un dolor que aunque
parece sobrehumano no alcanza la hondura de aquél. Dicho con otras palabras:
el amor de Machado por aquella mujer/niña, aún después
de muerta, sigue siendo más profundo que el propio dolor ocasionado por
su pérdida . Recordemos, asimismo, el verso “Se canta lo que se
pierde”.
Y es que es tanta la tragedia, que Machado parece no creérselo. No debe
extrañarnos; pues la obra machadiana – no sé si antes (pues
habría que hacer un estudio cronológico de su obra), pero desde
luego sí a partir de este hecho trascendental para su vida – está
dominada por esa borrosa frontera de lo real, lo irreal, lo soñado, lo
soñado/real, lo real/ficticio.... y que con tanta clarividencia acaba
de exponer el profesor Yndurain en su ponencia .
Pues bien, aquel amor le obliga, ahora, a dominar/apoderarse del dolor y poder
así cantarlo.
Y este hecho es el que, a nuestro juicio, configura como una especie de estructura
interior que sirve de soporte y vehículo interno a la expresión
de los poemas referentes a la “forma interior” de que habla D. Alonso
.
Estos poemas, sin título, forman un bloque unitario, caracterizado por
la asombrosa simplicidad del lenguaje, por una gran sobriedad de expresión,
y dotados ellos de una profunda concentración dolorida. En todos se puede
rastrear lo que llamamos estructura poética del dolor. Hemos escogido
el que comienza “Allá en las tierras altas”, por considerarlo
el mejor exponente de lo que venimos diciendo. He aquí el poema:
CXXI
1 Allá, en las tierras altas,
2 por donde traza el Duero
3 su curva de ballesta
4 en torno a Soria, entre plomizos cerros
5 y manchas de raídos encinares,
6 mi corazón está vagando, en sueños...7 ¿No ves, Leonor, los álamos del río
8 con sus ramajes yertos?
9 Mira el Moncayo azul y blanco; dame
10 tu mano y paseemos.11 Por estos campos de la tierra mía,
12 bordados de olivares polvorientos,
13 voy caminando solo,
14 triste, cansado, pensativo y viejo .
II
La estructura del texto poético comprende tres partes, correspondientes a tres tiempos/espacios de dolor, que aparecen formalmente expresados en presente verbal, como presente/permanente es el dolor del poeta. También cronológica y espacialmente la estructura se distribuye según las tres personas gramaticales, abarcando la totalidad de las relaciones posibles de ese dolor
Verso 1-6. Tiempo: pasado/evocado. Espacio: Soria lejana/difusa Tercera persona.
Verso 7-10. Tiempo: presente/vital. Espacio: Soria actual/concreta Segunda persona.
Verso 11-14. Tiempo: presente físico de futuro incierto. Espacio: Andalucía desdibujada/inconcreta Segunda persona
Las tres
partes están intrínsicamente unidas entre sí y colgadas
de la segunda formando una estructura triangular que se corresponde con la pena
que embarga al poeta.
La primera alimenta a la segunda con la evocación genérica de
las tierras de Soria, tan conocidas/transitadas/amadas por el poeta:
allá, en las tierras altas...... mi corazón está vagando.
La segunda desarrolla el diálogo vital con la amada: vive con intensidad dolorida los paseos, los muchos paseos, con Leonor:
Dame tu mano y paseemos.
Paseos que se proyectan en la contemplación conjunta del paisaje, simbolizando en la alta lejanía del Moncayo que clava su mole de nieve en la profundidad del cielo:
Mira el Moncayo azul y blanco.
Y en la pregunta visionaria del lugar – orillas del Duero – por donde tantas veces pasearán:
¿No ves, Leonor, los álamos del río?
Son tres
momentos de un diálogo desolador que se corresponde con actitudes básicas
del hablante apenando: la interrogativa (¿No ves?), la exhortativa débil
habitual (mira) y la exhortativa de ruego exigente y anhelante (dame).
La tercera parte se engancha a la segunda y de ella recibe la savia que le permite
todavía alentar con una vida casi vegetal.
Las tres partes respiran un paisaje invernal/cadavérico, pero especialmente,
y aunque paradójico, la segunda.
III
Esta
estructura del texto poético aparece potenciada en su expresión
del dolor por un ritmo o tempo lento, lentísimo, que parece prolongar
la pena hasta el infinito. Pero es una pena contenida, serena en su desolación,
sobre la que el tiempo transcurrido ha pasado echando un velo transparente de
piedad compasiva y ahondándola cada vez más, hasta dejar al poeta,
más que solo frente a un abismo de una pena insondable.
A esto contribuye todo un cúmulo de hechos lingüísticos y
literarios que se reinfluyen unos en otros; y, juntos, adquieren una fuerza
expresiva – en el sentido indicado – que nos deja, a nosotros también,
metidos en aquella pena, bañados por una melancolía que sobrevive
a la lectura del poema. Veámoslo,
1.- La forma estrófica – libre, como corresponde a la afluencia libre del sentimiento dolorido -. Estrofa donde la combinación de versos heptasílabos y endecasílabos se distribuye en dos bloques separados en la primera parte:
abcBDB
En la segunda alternan:
EbFb
Mientras que en la tercera sólo el penúltimo verso es heptasílabo:
GBhB
Verso que significativamente ocupa el centro de la débil acción insistentemente durativa.
voy caminado,
Junto con el primero de los cinco predicativos (solo), que corta el verso y lo encabalga rítmicamente con el último.
2.- Los elementos fónicos, nunca violentos, con entonación paroxítona casi exclusiva. Los acentos rítmicos interiores de cada verso recaen en palabras de especial carga semántica:
1ª
p – allá, tiérras, tráza, cúrva, Sória,
plomízos, mánchas, raídos, corazón, vagando;
2ª p – Leonor, álamos, ramajes, Moncayo, blanco, máno;
3ª p – campos, olivares, caminando;
para, luego, en el último verso detenerse, clavado, en cada una de las palabras predicativo:
tríste, cansado, pensativo.....
A esto
debemos añadir, además, la suavidad de la rima vocálica
en e-o de los versos pares, a la manera del romance, que se balancea delicadamente
sobre el poema. Y, claro está, los puntos suspensivos que prolongan la
pena en el silencio de la primera parte.
Aún cabría destacar la expresiva colocación de las pausas,
empezando por la primera, que nos sitúa de golpe el lugar (allá).
3. El léxico, con predominio – más sentido que real – casi absoluto de las palabras de gama fría, desoladas, sombrías. Estadísticamente, estas palabras (sustantivos, adjetivos, verbos, adverbios) no son muchas. En la primera parte sólo hay cinco que sean claras: curva de ballesta, plomizos, manchas, raídos, vagando;
se podría añadir:
encinas y sueños
En la segunda, una:
Yertos;
Y estirándolo mucho, tal vez
Blanco.
Sólo en la tercera parte hay un ligero predominio de estas palabras; seis frente a cinco:
polvorientos, solo, triste, cansado, pensativo, viejo
En total,
las palabras que consideramos de gama fría son doce más tres posibles,
frente a las 44 de todo el poema (como vemos, un 5´28% o un 7´00
% como máximo). ¿Por qué, pues, esa sensación de
predominio abrumador de léxico apenado? ¿De qué depende?
Primero, de su acertada colocación: En la primera parte del poema se
concentran al final. En la segunda, el único claro ocupa el centro de
la estrofa y está situado al final del verso, verso clave. Y en la tercera
se agolpan, como amontonados uno sobre otro, cerrando el poema. Después,
de sus valores denotativos, sobre todo el de yertos; pero muy especialmente
de sus valores connotativos.
Estas palabras mediatizan detal modo a las demás que todas aparecen contagiadas
de aquellos valores, como envueltas en un aura de tristeza, a la vez que concretizan
ese lugar que Machado lleva en su retina:
Ya desde el mismo comienzo del poema, el deíctico allá nos sitúa
en un lugar de amplia y vaga lejanía como corresponde a la amplitud de
la comarca por donde el poeta anduvo en compañía de su esposa
y por donde se dilata su dolor; lugar que inmediatamente se concreta a través
de dos lexías adverbiales:
en las
tierras altas,
por donde traza el Duero....
La curva
de ballesta convierte al río – símbolo de vida – en
un gigante agazapado en actitud de acecho a la espera de la víctima.
Los adjetivos de la primera parte son dos solamente: plomizos y raídos;
suficientes para mostrarnos la pobreza – harapos más bien –
de aquella tierra que está como recogiendo el dolor del poeta. Cada uno
dentro de su sintagma, coordinado el uno al otro:
plomizos cerros
y manchas de raídos encinares
Estos
adjetivos connotan soledad, tristeza, pesadez, tedio, frío en medio de
un intuido paisaje oscuro, grisáceo, árido, donde reina la desolación.
Paisaje que, cual instantánea fotográfica, se ha quedado impreso
en la retina de Machado. Es una naturaleza estéril como en un sentido
– sólo en un sentido – estéril es también el
dolor del poeta.
En ese paisaje desolado vaga, atribulado errante, el alma en pena de un corazón
humano:
mi corazón está vagando
El gerundio en perífrasis verbal – en correlación poética con el voy caminado del final – proyecta su acción durativa de presente interminable sobre el resto del poema y sobre el futuro incierto del poeta. Sentimos, presentimos, como una especie de malaugurio, en sueños.
El léxico de la segunda parte contrasta, aparentemente, con el del resto del poema. Es el diálogo con Leonor, y las palabras deberían rebosar de alegría, de vida. Y así parece: las palabras son luminosas:
álamo,
río, ramajes,
mirar, Moncayo, azul, blanco, dar
mano, pasear
Pero hay una palabra fatídica, colocada al final de un verso, y que ocupa casi el centro matemático del poema: yertos. ES un adjetivo especificativo que ahí adquiere valor de epíteto aplicado a ramajes, precisamente una palabra que nace de la vida misma, portadora ella también de vida:
ramajes yertos.
Así,
sin más, caminando de la manera más sencilla y como quien no quiere
la cosa, yertos ha vuelto la vida del revés, la anterior y la posterior.
Yertos, nos metemos también nosotros en la tercera parte, donde encontraremos
algo parecido en los dos primeros versos. Las palabras son muy alegres:
Campos, tierra, bordados, olivares, caminar
Pero será ahora polvorientos, como antes yertos, quien inunde de tristeza
el paisaje. Y, a partir de aquí, tras la perífrasis de durativa
lentitud voy caminando – en correlación poética según
dijimos con está vagando -, entramos en el angustiado y angustioso mundo
de la soledad del hombre/del poeta Antonio Machado, donde cinco predicativos
como cinco hachazos se clavan en su corazón, donde cinco predicativos
como cinco golpes de azada le van – nos van – abriendo zanjas en
su hondo caminar:
solo, triste, cansado, pensativo, viejo
Cada uno va cavando, ahondando más, su profunda sepultura interior.
4. La estructuración morfosintáctica, acorde con esta línea general del poema.
Las partes primera y tercera tienen una construcción parecida. Comienzan por elementos circunstanciales que sitúan desde el principio el lugar de los acontecimientos, el evocado en el sueño y el de su realidad física presente. Son deixis señalizadoras aurorales de la pena que se avecina.
Allá en las tierras altas...
o se prolonga,
Por estos campos de la tierra mía
Los dos aparecen enfrenados en correlación poética bimembre: allá-acá. Ambos van, a su vez, modificados por otras unidades que los completan/aclaran/especifican. Dentro de cada uno vemos incluso una proposición inordinada que larga más aún la función de circunstancial:
por donde
traza el Duero su curva...
bordados de olivares...
Todo ello produce como una prolongada ansiedad en la que el sujeto (el corazón/el yo del poeta) se sumerge con el núcleo del sintagma verbal de la oración principal:
mi corazón
está vagando;
(yo) voy soñando.
Y en ambos casos se alarga la oración, todavía, con otras unidades: en la primera, un nuevo circunstancial que arrastra su silencio,
en sueños.....
Y los cinco predicativos dolorosos en la tercera:
solo, triste, cansado, pensativo y viejo
Así de alargada/infinita es la pena del peta, también estructuralmente.
La estructuración de la segunda parte es mucho más sencilla. Ya no hay una sola y larguísima oración. Son tres simples yuxtapuestas, construidas siguiendo el orden normal y lógico, habitual, propio del habla coloquial. Como corresponde a la forma corriente del diálogo entre dos amantes, y en las tres actitudes ya analizadas.
5. Los recursos literarios, escasos como es habitual en Machado.
Todos
juegan, en su brevedad, un papel decisivo y concluyente. El más destacado
es el encabalgamiento, que aparece ahora en las tres partes, si bien el de la
segunda se diferencia de los otros dos, que son, también, semejantes.
Son éstos encabalgamientos lentos, lentísimos, que ocupan la estrofa/parte
entera en cada caso, en consonancia con la estructura morfosintáctica.
Unidos al hipérbaton suave inciden de manera decisiva y concluyente en
la expresión de un sentimiento adolorido que es parte ya de la esencia
del poeta, conformando en él como una nueva naturaleza, y que –
por eso – parece no tener fin.
Machado vive en su corazón vagando desde su ventana andaluza:
Desde
mi ventana,
¡campo de Baeza,
a la luna clara !
Un tono
de cansancio, de dolor contenido, va enlazando los versos, sin apenas signos
de puntuación, y envolviéndonos como una atmósfera fría
de soledad invernal. Una soledad que camina prolongada en ese campo soleado
de su tierra de Andalucía, lleno de olivares polvorientos, donde la luz
se tiñe de neblina, de sombras vagas, de sueños imaginados.
En la segunda parte, los encabalgamientos son dos: el primero, suave y rítmico,
se derrama con amorosa lentitud entre los versos 7-8, preguntando a la amada
algo que los dos saben. El segundo se cuelga del final del verso 9, con ese
dame anhelante/exigente – el me funde en uno a los dos enamorados, pues
llamada no se niega -, y corre distendido a lo largo del siguiente, las manos
unidas al paseo delos dos esposos, felices y añorantes.
Aparte de otros débiles recursos literarios, que potencian la expresividad
de los hechos estrictamente lingüísticos, queremos destacar la fuerza
de la interrogación retórica:
¿No
ves, Leonor, los álamos del río
con sus ramajes yertos?
En medio de un paisaje cuyos ecos de muerte parecen resonar en el Duero, recogiendo los lamentos del corazón del poeta, aparece Leonor. Y Machado entra, de repente, de la mano de su amada desde aquélla a esta ribera/desde ésta a aquella ribera. Ahora todo nos vuelve a hablar de luz, de versos, de vida; sonidos, palabras, frases, recursos literarios... Pero es sólo un instante: la pregunta se torna pronto vacía, se hiela en la sombra de los ramajes yertos. Y el poeta vuelve a la triste realidad: a su caminar. Caminar ya no es pasear. Caminar es abrir camino entre esa neblina polvorienta; es tener que seguir andando por encimadle dolor y de la muerte.
IV
En definitiva,
el poema “Allá en las tierras altas”, es, a nuestro parecer,
la proyección oral/escrita de la estructura poética de una pena
infinita. Pocas veces habrá cuajado en palabras tan sencillas como ahora.
Un hombre, en el buen sentido de la palabra, bueno ha perdido lo que más
quería: su mujer/niña; su alma; su corazón; su todo; su
razón de ser. Su vida en este mundo carece de sentido y, en su búsqueda,
pasa a la otra orilla, para desde allí seguir viviendo.
La tierra de Soria es el único lugar posible donde la puede hallar. Porque
allí estuvo/está. Una tierra que estuvo/está triste –
“tan triste que tiene alma” -. Una tierra rasgada por el dolor,
por la muerte. El dolor del poeta vaga por aquella tierra: es un dolor telúrico.
Vive un sueño eterno.
Es tan vivo su sueño, tan intenso el amor/recuerdo, que Leonor se hace
presente. Surge, hermosa, azul y blanca, de la niebla del Moncayo.
Ese sueño es para machado tan necesariamente real que sólo el
propio sueño le sostiene vivo/despierto en el sueño/muerte. Gracias
a él mantiene esas fuerzas, exhaustas, que le permiten caminar en ese
tercer espacio/tiempo de su realidad física actual.
Pero esta realidad física se reduce al caminar simple de un sonámbulo,
movido como una marioneta por esos hilos de su sueño/realidad/verdad
que le mantinen unido a él con vida vegetal, prestada, en un progresivo
aislamiento:
Sin nadie
que le acompañe (solo).
Con espíritu acongojado (triste).
Dominado por la fatiga (cansado).
Con una idea fija (pensativo).
Abatido y sin fuerzas ni ánimo para nada, vecino de la muerte (viejo).
http://www.ucm.es/info/especulo/numero11/machado.html
MACHADO Y LA LITERATURA URUGUAYA
"En el rastreo de las posibles vías de contacto directo entre Antonio Machado (1875-1939) y el ámbito de la literatura uruguaya, los primeros datos condujeron, de inmediato, a Julio J. Casal y la Revista Alfar. A ese relacionamiento se dedica la primera parte de esta pesquisa, revisando de paso las posturas estéticas de Antonio Machado ante el advenimiento de las vanguardias de posguerra y de la década del 20 en España, de las cuales Alfar fuera vehículo protagónico.
De la fermental, convulsionada, y ya trágica, década del treinta, la personalidad literaria de Antonio Machado emerge como una figura emblemática de la dignidad y el compromiso de los intelectuales ante el momento histórico vivido por España. El planteo fue rastrear la conformación del "paradigma machadiano" a partir de una publicación uruguaya, concretamente, el Boletín de la AIAPE (Agrupación de intelectuales, artistas, periodistas y escritores). Su relevamiento muestra que la difusión de las posturas del poeta durante esa década (en materia ética, estética y de política cultural), así como la resonante cobertura de su muerte (una suerte de martirologio de ojos abiertos), fueron factores determinantes para la construcción de ese paradigma en el imaginario de las letras uruguayas. Relacionando el trauma histórico de la Guerra Civil española, con las posturas de A. Machado ante las circunstancias previas, y puntuales, a este hecho, la pesquisa se propone aportar datos para una hipótesis. La misma refiere a que el pensamiento del poeta, en los varios niveles mencionados, haya oficiado como factor coadyuvante del desmontaje vernáculo de las vanguardias de los años 20, prefigurando así, la conformación de un canon (crítico y poético) más volcado a la responsabilidad civil del compromiso literario y ciertamente desconfiado de otras búsquedas estéticas o de experimentación expresiva.
Ya en la década del 40 es posible visualizar la huella de A. Machado en los nuevos poetas del momento, subrayando la presencia de José Bergamín en nuestro país (a partir de 1948 y en distintas etapas hasta avanzada la década del 50) como un hecho determinante para que el vínculo con la obra de Machado se diera en forma más entrañable que hasta entonces."
http://www.abastodenoticias.com/tt_hilo_msq9999999989_idq44_pgq1_nvq0.htm
ANTONIO MACHADO (1875-1939)
“Por estos
campos de la tierra mía
bordados de olivares polvorientos,
voy caminando solo,
triste, cansado, pensativo y viejo.”
Antonio Machado.
LA VOZ DE LA COMUNICACION HUMANA
“La inseguridad, la incertidumbre, la desconfianza, son acaso nuestras únicas verdades... La inseguridad es nuestra madre; nuestra musa es la desconfianza”. Habla Machado, por boca de Juan de Mairena. Mairena es más bien un aspecto, una faceta de Machado: el Machado audaz, escéptico, irónico, más andaluz y más alegre que el “otro” Machado.
A veces resulta muy difícil convencerse de que Mairena dice las verdades -todas las verdades- de Machado. El tono semi-disparatado, semi-sentencioso del maestro apócrifo nos hace creer que no estamos en presencia del Machado serio. Machado respetaba mucho la filosofía, muy poco a los filósofos. “Los grandes filósofos son los bufones de la divinidad” ¿es elogio o burla? Quizá porque respetaba la filosofía, y aborrecía de la “pose” y del dogmatismo. “No toméis demasiado en serio -¡cuántas veces os lo he de repetir!- nada de lo que os diga. Desconfiad sobre todo del tono dogmático de mis palabras”. En su libro sobre Machado nos cuenta Serrano Plaja. “quiero recordar aquí que otro día en que fui a verle con Emilio Prados, hablando de temas literarios, fue la conversación hasta dar en la palabra “filosofía”. A este respecto, Machado declaró “que de estas cosas no podía escribir en serio”.
Porque los temas filosóficos que le interesaban -la radical soledad del hombre, el impulso hacia la comunión, o como dice Abel Martín, la incurable otredad que padece, la nada, la muerte, la dignidad del hombre y el impulso ético, eran continuación en buena parte de su visión poética del mundo. Con menos consuelo afectivo, con menos salvación estética que en algunos poemas: la inteligencia escueta frente a lo inevitable pero sin renunciar al diálogo, a la comunión con los demás. “El que no habla a un hombre no habla al hombre; el que no habla al hombre, no habla a nadie”. Machado siempre se entregó, o quiso entregarse, solamente a los hombres: “Poned atención / un corazón solitario / no es un corazón”.
Ese desconfiado prodigioso que fue Machado desconfió por lo pronto -e instintivamente, como hombre bien nacido que era, como aristócrata del espíritu- de las voces hueras de Don Nadie. Pero desconfió también -y esto es lo que queremos subrayar ahora- de las voces de la soledad y de la angustia. Mejor dicho; no las rechazó, las aceptó pero sin dejar de luchar contra ellas. O, quizá, mejor al lado de ellas, pero para trascenderlas. Para encontrar otra cosa: un diálogo, una comunión, un tú esencial. “No es el yo fundamental / eso que busca el poeta / sino el tú esencial”.
Sí: soledad, angustia, preocupación, zumban constantemente; y constantemente también sin espantarlas jamás definitivamente, sigue el poeta su camino, buscando el otro. “Mas busca en tu espejo al otro, / al otro que va contigo”. Esto explica el interés de los poetas de hoy por Machado y su obra. Machado es precursor de la poesía de hoy por partido doble. Por haberse interesado -apasionado será más exacto- por los temas “comprometidos”. Y por haberse acercado al tú esencial -y haberlo hecho existencialmente- en forma que más allá de la desconfianza, de la soledad, de la incertidumbre, se estableciera un contacto -no por implícito menos profundo- entre el poeta y el pueblo. Pueblo no entendido como “grupo”, como “masa”. No hay nada menos “masa” que el pueblo como lo concibió Machado. “Por muchas vueltas que le doy -decía Mairena- no hallo manera de sumar individuos”. Y ello en repuesta al que firmaba que la sociedad era una mera suma de individuos. El pueblo para Machado, no era masa, sino comunidad depositaria de una sabiduría muy antigua. De él podía y debía aprender el poeta.
El diálogo es para Machado fuente de esperanza, consuelo inagotable: “Converso con el hombre que siempre va conmigo”. De ahí, la paradoja: Machado, el gran solitario, el hombre “desconfiado”, resulta a la postre uno de los españoles de su tiempo que más y mejor lograron la comunicación humana. Que menos solo estuvo. Que conoció el amor, la amistad, el auténtico diálogo. Que desde el fondo de su soledad supo suscitar un movimiento de simpatía, de admiración y de amor que ha seguido dilatándose hacia adelante. Si pudiéramos hallarnos en presencia de los hombres del 98, iríamos a contemplar, a admirar, el rostro exaltado de Juan Ramón, escucharíamos un buen rato a Unamuno; pero para dialogar -para tener una conversación profunda, auténtica, cordial- nos acercaríamos todos a Machado. Y como dijo el poeta andaluz. “Para dialogar, / preguntad primero; / después ... escuchad”.