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CONFERENCIAS

Mr. Joseph Pérez con Manuel Núñez Encabo (Soria, 1993)

Conferencia de
Joseph Pérez
Director de la Casa de Velazquez
Profesor Universidad de Bordeaux III
Escuela Oficial de Idiomas de Soria
2 de Abril de 1993

Creo conveniente, en primer lugar, recordar unas fechas. Machado visitó Francia, Paris concretamente, en 3 ocasiones. Visitas voluntarias, me refiero, dejando aparte su último viaje a Collioure, donde murió. Me interesan estos viajes para situar la personalidad de Antonio Machado. Los que realizó a finales del siglo pasado y a principios del siglo XX, cuando era joven; cuando estaba en plena madurez intelectual.
El primero lo realizó en 1899. Se reunió con su hermano Manuel, que ya vivía allá, y ambos trabajaron durante unos meses en la editorial Garnier, que era una librería que se había especializado en la traducción de libros para el mercado de habla española.
Machado volvió a Paris tres años después, en 1902. Y entonces pensó quedarse una larga temporada ya que el escritor hispanoamericano, Gómez Carrillo, le ofreció un empleo en un consulado.
Pero, por lo visto, el poeta no servía para la carrera diplomática. Su conocido aliño indumentario y otras cosas no encajaban en la carrera diplomática y dimitió a los pocos días. El 3 desplazamiento lo hizo en 1911, cuando era ya catedrático de Francés en Soria. Salió de aquí con una beca de la Junta para ampliación de estudios. Este viaje fue el que quedó trágicamente interrumpido por la grave enfermedad de su esposa Leonor, que le acompañaba. Los Machado tuvieron que regresar a Soria, donde Leonor había de morir. Esta es, pues, físicamente, la relación de Machado con Francia.
Tres estancias de varios meses, cada una, pero seguidas por muchos años de permanencia en España. Poca cosa, al fin y al cabo, si lo medimos por el tiempo. Naturalmente las cosas no pararon ahí. Machado siguió manteniendo relaciones con Francia por motivos profesionales: sus clases, sus lecturas, los contactos que mantenía con los traductores franceses de su obra.
Leyendo las cartas de Guiomar, encuentro indicaciones de particular interés para mí: "Entro en la Casa de Velazquez, residencia de estudiantes franceses, comiendo con M. Le Gendre, el Director, y con el traductor de mi poema de Alvaro González. Es gente muy amable y muy culta". En otra carta a Guiomar, vuelve Machado sobre el tema: "Me fui a la Casa de Velazquez a visitar a mis buenos amigos franceses".
Hay varias indicaciones más de este tipo. ¿Cómo caracterizar esta relación, no ya física sino intelectual, moral, ética, de Machado con Francia?
Yo creo que podríamos, podemos, enfocar esta relación desde tres puntos de vista:

I.- Ideológico, político, moral, ético.

II.- Estético: la idea que Machado tenía de la Literatura en general y de la francesa concretamente. El pensamiento, la filosofía.


El primer aspecto, el de la ética, y el de la política, pero política en el sentido noble de la palabra, podría concretizarse ya desde el principio recordando el famoso verso: "hay en mis venas gotas de sangre jacobina". Pero creo importante señalar ya, desde el principio, que Machado nunca ha sido un admirador incondicional de Francia. El admiraba mucho la cultura francesa pero conservó siempre, en cualquier momento, su espíritu critico; no todos los aspectos de lo que vio en Francia le interesaban ni le gustaban. Incluso hubo una época, 1913, en que llegó a escribir una frase terrible: "Tengo una gran aversión a todo lo francés". Este es el momento en que está haciendo una reseña del libro de Unamuno "Contra esto y aquello", reseña en la que pueden leerse cosas muy duras contra Francia: "Los que hemos vivido en Francia algún tiempo en estos últimos años, sabemos que este gran pueblo, espiritualmente agotado, no tiene hoy otra fuerza de cohesión que el miedo. Hoy recibimos de Francia solamente productos de desasimilación, toda clase de géneros averiados y putrefactos: sensualismo, anarquismo, pornografía, decadentismo, pedantería aristocrática". Y la misma reseña prosigue así: "Qué absurda ceguedad nos lleva a imitar todo lo francés, si los Pirineos se convirtieran en Himalaya". Expresión última que vuelve a parecer en el mismo año, en carta a Ortega: "Si estos Pirineos se convirtieran en Himalaya" .
Pues bien este "asco" a lo francés se suaviza durante la guerra Mundial. Entonces, en 1915, Machado se confiesa realmente francófilo: "En el fondo - escribe a Unamuno – mi antipatía a Francia se ha moderado mucho con eso que usted llama estallido de barbarie de las derechas." Y en otra carta a Unamuno, de 1916, reincide en el tema: "La guerra nos ha mostrado que el mundo afectivo tiene más realidad que el de las ideas. Estos diablos de franceses son nuestra familia y en trance de muerte y vida hemos de estar con ellos". Y añade: "Sin embargo qué bien nos hubiera venido un par de siglos de dominación teutónica".
He querido traer a la memoria estas frases, un poco duras, para situar, mejor, las perspectivas. ¿Cómo interpretar esta aparente aversión de Machado a Francia, moderando luego cuando esta nación se encontraba amenazada por la fuerza europea? Es que precisamente, lo repito, Machado nunca ha sido un incondicional, ni de Francia ni de ninguna causa. El somete a juicio sus admiraciones, y él procede a una selección rigurosa. En realidad lo mismo que se ha podido hablar, y que se ha hablado mucho tiempo, de dos Españas enfrentadas, hay también dos Francias: una que es la que admiraba Machado, la que amaba, que es la Francia republicana y jacobina, por la que siente una profunda admiración, que le viene de su familia. “Esta Francia, dice, es mi familia, Y aún de mi casa, es la de mi padre, mi abuelo, de mi bisabuelo, que todos pasaron la frontera y amaron la Francia de la libertad y el laicismo, la Francia religiosa del affaire Dreyffus y de la separación de Roma".
Recordemos este verso del soneto que citaba hace poco: "Tengo en mis venas gotas de sangre jacobina". Esta Francia, nacida con la Revolución de 1789 es la que entusiasmó a los liberales y progresistas que se reconocían espontáneamente en ella: "Cuando yo era niño, escribe Machado en otra carta a Unamuno, de 1921, había en España una emoción republicana. Recuerdo haber llorado de entusiasmo oyendo la Marsellesa a una turba que vitoreaba a Salmerón".
Pues bien, esta Francia que es la que conoció Machado, la que amó Machado en sus dos primeros viajes a Paris: la Francia de la época del affaire Dreyffus, aquella campaña en defensa de un oficial judío condenado por traición por el mero hecho de ser judío y batalla que opuso a dos grupos: el de los que se empeñaban en condenar a Dreyffus, porque la sentencia, aunque injusta (y todos sabían que fue injusta) se empeñaban en condenarlo porque había sido condenado por un tribunal militar y que la revisión podía perjudicar al ejército en su conjunto, como institución. Detrás de este grupo estaban los adversarios de siempre, de las ideas progresistas: el ejercito, el clero, los conservadores. En frente, la otra Francia: la de los intelectuales, la progresista, que no admitían que se siguiera encubriendo tamaña injusticia; dejar en el presidio a un hombre del que se sabía que no había cometido ningún delito. Y fue este, efectivamente, un gran momento en la historia de Francia, que iba a dejar huellas y convertirse en símbolo de moralidad pública.
Poco después, tuvo lugar otro acontecimiento de gran trascendencia: los republicanos se habían convencido entonces del peligro que representaba el clericalismo, la intromisión del clero en temas políticos que no eran de su incumbencia y se llegó a una ruptura con Roma: la separación entre el Estado y la Iglesia. Esta era la Francia republicana, liberal, laica por la que Machado sentía admiración, profunda admiración, y con la que se encontraba a gusto.
En su tercer viaje a Paris, 1911, tuvo la impresión de encontrarse con un ambiente cambiado, muy distinto. Esta vez creyó notar un cambio radical. Unas corrientes nuevas habían aparecido y se tenía la impresión de que estaban dominando la vida intelectual francesa. Se trataba de una vuelta a la religión católica, en ciertos sectores intelectuales, conservadores, incluso reaccionarios, que nacían en una misma defensa: el patriotismo, el nacionalismo, el catolicismo y el clasicismo en literatura.
Algunos de aquellos defensores del altar eran agnósticos y le reconocían abiertamente. Es el caso del director y fundador de la ACTION FRANÇAISE, Charles Maurras. Fundador de este partido ultraderechista, personalmente no creía en Dios pero consideraba que la religión católica y la iglesia era los mejores baluartes contra las ideas republicanas, herederas de la revolución de 1789. Pues, contra este sector es contra lo que se pronuncia Machado, Unamuno, al referirse "a esos neocatólicos franceses, esos católicos orteguianos y nacionalistas". Y se comprende que entre estas dos Francias, Machado haya elegido la heredera de la ilustración, de las luces y de 1789. Lo mismo que arremete en España contra la España de charanga y pandereta, a la que contrapone la España del cincel y la maza. En realidad, como vemos, hay una gran fidelidad de Machado a unos ideales de libertad, de progreso. Fidelidad que le llevará precisamente a ir a morir en la Francia republicana, huyendo de una España que ya no era la suya. En una Francia de la que todavía, el 23 de enero de 1938, esperaba la ayuda: "De Francia espero la voz inconfundible del acusador, voz de timbre francés que es, que tantas veces lo ha sido el timbre de lo universal humano".
Creo que esta puesta en perspectiva del ambiente ético, moral, político, ideológico en el que se desarrolló el pensamiento y la vida de Antonio Machado era imprescindible para introducir.

Y llegamos a los dos otros aspectos que me gustaría tratar rápidamente y son el influjo, la influencia, o mejor dicho, el impacto y las coincidencias que Machado pudo tener con el movimiento literario, intelectual, filosófico francés.
Si salimos de este campo de los valores éticos e ideológicos, para centramos en los aspectos estéticos, en lo que era verdaderamente, hasta cierto punto, lo suyo, la literatura y la poesía, lo que notamos en relación con Francia, con las ideas francesas y con el movimiento intelectual y poético francés es algo muy parecido a lo que acabo de resumir tratándose de otros aspectos.
Lo que podemos notar ahí son también rechazos e influencias. Rechazos e influencias, en este caso tampoco podemos hablar de una admiración incondicional, a ciegas, sino de una admiración selectiva, cuidadosamente elegida y que huye de ciertos valores para acercarse a otros que le parecen más conformes con su temperamento. Rechazo, pues, y adhesiones. Rechazo en el aspecto literario a lo que Machado llamaba el hermetismo en la poesía: “Nada más disparatado que pensar, como algunos poetas franceses han pensado tal vez, que el misterio sea el elemento estético.” Y con esta frase se refiere concretamente a uno de los poetas franceses de aquel momento. Concretamente a Mallarmé. Lo afirma al censurar a los parnasianos, otro grupo literario de finales del siglo XIX, por la claridad en las formas. Pues bien: “La belleza – concluye Machado – no está en el misterio sino en el deseo de penetrarlo.”