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TESTIMONIOS

Luis Capdevila.

Miguel Moreno Moreno.

 

Luis Capdevila
La Vanguardia Española
9 de junio de 1972

Antonio Machado era ya amigo mío antes de conocerle, es decir, antes de verle y hablar con él. Le conocía por sus versos, gracias a sus versos, cosa que sólo puede conseguirse cuando en el verso hay algo más que la retórica aprendida en las “écoles de la parierie”, que tan poca gracia le hacían a Montaigne; cuando en el verso palpitan la congoja y la alegría del hombre, su inquietud y su anhelo, su pasión y muerte y resurrección, como acontece con Maragall, con pedro Salinas, con Salvador Espríu, con Paúl Eluard, con León Felipe. Y con Antonio Machado, que supo desdeñar la fácil garrullería de las modas, asilo de mediocres que siempre viven de prestado, y abrirse, soñándolos, caminos para andarlos solo y sin muletas ni etiquetas; con Antonio machado, “luminoso y profundo” hombre de buena fe” que no transigió con “el nuevo gay trinar” ni amó “los afeites de la actual cosmética”.
A Antonio Machado le vi por vez primera en un café madrileño, el Varela, la noche de un sábado de otoño, cuando en Madrid el otoño se convierte repentinamente en invierno.
No recuerdo el año ni me interesa recordarlo. Nunca me importó la exactitud de las fechas, que son cosa del calendario de todos. En el mío, el de mi uso particular y exclusivo –dicho sea sin dármelas de original ni querer hacerme el interesante- en vez de fechas hay efemérides. En mi calendario solo figuran las horas que cuentan en mi vida, las horas felices o aciagas que han hecho y deshecho, para rehacerla después, mi vida; una madrugada de diciembre en Jaca; una mañana en Le Portlius; la amistad de un maestro; un primer viaje a parís, a Viena, a Budapest o a Gredos, a Fuendetodos, a Montblanch, a Villanueva de los Infantes; Julio Antonio en el Lion d’Or; Luis Bagaría en Alcañiz; don Miguel en “La Rotonde” de Montparnasse y en la playa de Hendaya condenando con iracundia; don Ramón en el Teatro Novedades de Barcelona y en la Granja el Henar de Madrid”; Federico en el Madrid de “Yerma”, y en la Barcelona del Teatro Olimpia la noche de una apoteosica “Fuenteovejuna”; Juan Cassou –Juan y no Jean le quería Unamuno- en el barcelonés Hotel Majestic y en la parisiense Sala Playel, cuando el Congrés de La Pensée Française; Miguel Angel Asturias y Nicolás Guillén en la Facultad de Poitiers.
Y Antonio Machado, fuerte como un roble en el café madrileño, enfermo de pena, años después en Barcelona y, aquí en Collioure hoy, redivivo.
Me lo presentó otro amigo muy querido: Luis de Tapia.
Don Antonio me miró un instante, me estrechó la mano, murmuró unas palabras de cortesía. Y no hubo nada más. Ni más se podía pedir. Pero hallábame sentado junto a él, me había dado la mano; era desde aquel instante amigo mío porque lo era yo suyo hacía muchos años. Alain de trato tan docto y llano, decía que “enseigner c’est amitié”, palabras que nunca hay que olvidar en el trato con los estudiantes. Yo que también me creo con derecho a teorizar, digo que la amistad, como el amor, es capacidad de admiración.
Antonio Machado callaba o intervenía de cuando en cuando –siempre con señorial mesura- en la alborotada discusión de los demás tertuliantes. Yo, pobrecito “Isidro”, me sentía francamente intimidado y no me atrevía a tomar baza en la conversación. Sentía unas ganas terribles de escapar y no sabía como despedirme. Estaba haciendo un papel lamentable.
Cuando me creía más olvidado, Antonio Machado se volvió hacia mí para decirme:
- Se aburre usted, ¿verdad?
El pobrecito “Isidro” protestaba con forzada vehemencia:
- No don Antonio. De veras.
Antonio Machado – o quizá Juan de Mairena- sonreía. Y me preguntaba:
- ¿Quiere usted que salgamos a dar un paseo por esas calles?
Aliviado, agradecido y con gran alborozo, aceptaba:
- Pues sí, don Antonio.
Se puso en pie, se afirmó el sombrero, se abrochó el gabán, se despidió de los
amigos. Y salimos a la calle.
Estuvimos andando más de dos horas. Debo confesar, aunque a nadie le importe saberlo, que no he sido nunca gran amigo de andar, pero en Salamanca y en París he paseado muchas veces con don Miguel y he paseado horas y horas con don Antonio, de paso más lento que el del terrible y querido doctor.
Nos despedimos ya de madrugada. El regresaba pocas horas después a su Instituto segoviano. Yo seguía unos días más en Madrid.

En Segovia

Volví a verle muchas otras veces. Cuando no le encontraba en Madrid, me iba a Segovia, ciudad que sin Antonio Machado no conocería. Segovia de vida recoleta y apagada a la sombra del acueducto y el alcázar. Piedras de Segovia, viejas de siglos. Silencio maravilloso de los nocturnos paseos por las callejas pinas, angostas, retorcidas, desiertas, propicias, en aquellas horas de la noche, a las brujas y a los fantasmas.
Me encantaba el descubrimiento que, gracias a Machado, estaba haciendo de la vieja ciudad.
- ¿Qué? ¿Le gusta a usted Segovia?
- Muchísimo don Antonio.
Comentaba don Antonio –o quién sabe si Juan de Mairena- con una leve sonrisa:
- Es raro.
- ¿Raro por qué?
- Porque es usted muy joven y a los jóvenes no suelen gustarles las viejas ciudades.
- Será, pues, que estoy haciendo mi aprendizaje de viejo.
- Es la mejor manera de chaquearle al tiempo. Es la mejor manera de no envejecer.
Han pasado muchos años y puede responder de lo dicho por el gran poeta de “Campos de Castilla” gracias a que, aprendiz de viejo y de escritor por aquel
entonces, anotaba más de una de las cosas que él me decía.
- ¿Y Soria? –quiso saber don Antonio- ¿Conoce usted Soria?
- No.
- Tenemos que ir un día.
Segovia, oscura y silenciosa como nunca, era, a aquellas horas, una ciudad
fantástica. Desandando lo andado, le acompañaba al poeta hasta la cancela de su casa –un pequeño patio, una casa pequeñita- en una calle más silenciosa que las otras, tal vez porque en ella vivía el hombre “misterioso y silencioso” que viera Rubén Darío.
- ¿Hasta mañana Capdevila?
- Hasta mañana don Antonio.
Y me iba para el hotel y entraba procurando no meter ruido, ya que entre los huéspedes, que nunca eran muchos, resultaba ser yo el único trasnochador. Cosa insólita, rarísima en una ciudad como Segovia, pero, según vería después, más insólita y rara en una pequeña ciudad manchega: Villanueva de los Infantes, donde murió desterrado el muy alto caballero y muy alto poeta don Francisco Quevedo.
Llego el día en que don Antonio, en Madrid me propuso:
- Si usted quiere, la próxima semana iremos a Soria.
- Me parece muy bien y se lo agradezco.
- ¿Le esperan en Barcelona?
- Nadie. Es decir, sí: mi madre, pero las madres saben esperar.
- ¿Y en Madrid? ¿Tiene mucho que hacer en Madrid?
- Verles a don Roberto, a Tapia, a Gómez de la Serna; beber cerveza con Bagaría; recorrer librerías de viejo...
- Pues entonces le espero el viernes en Segovia y pasaremos dos días en Soria.

Dos días en Soria

En la “Soria fría, Soria pura” del verso famoso, el silencio era más denso, más profundo que en Segovia, la vida más silente y de ritmo más tenue –no había alcázar ni cadetes, cosas de suma importancia que no pueden ni deben prodigarse- y el cielo estaba más alto que en Segovia y tenía más luceros.
Soria era decorado más a tono con el poeta de las “Soledades” y las “Galerías”; por más severo y desnudo que el de Segovia. Digo decorado por como todo hombre que no es cualquiera, uno de tantos de los que pertenecen al gárrulo mundillo de los plurales, necesita un decorado singular para su singularidad. Decorado para el personaje que es todo hombre de mucha y auténtica personalidad.
En Soria el ser, estar, sentir y pensar de Antonio Machado se acentúan y perfilan. Influencia del decorado en el hombre. En Soria Antonio Machado era más “silencioso y misterioso” que en otros decorados. Soria había sido su juventud de la que dan fe los versos de las “Soledades” y las “Galerías”, el aula fría del “humilde profesor“, la humildad de la casa que le cobija y en ella el amor saliéndole al paso: Leonor, la esposa –niña que se llevaría la muerte-.
“¿No ves, Leonor, los álamos del río
con sus ramajes yertos?...”
La esposa-niña a la que Antonio no olvidará jamás. Los hombres como Antonio no saben olvidar. Solo olvidan los necios, los superficiales, los deshabitados. Antonio, viudo, era ya don Antonio, al que los sorianos habían visto feliz porque paseaba del brazo de una mujer que se sonreía. Porque la amaba no podía seguir en Soria, donde todo, la “calle vieja”, los “álamos del río”, la “casa tan querida donde habitaba ella”, le recuerda el bien perdido. Y huía: a Madrid, a Baeza, a Segovia. Pero “su” decorado, el más identificado con su personaje –a pesar de que el poeta fue hombre serio y por lo tanto enemigo acérrimo del personajismo irrisorio- será Soria. Hoy, decir Soria es decir Antonio Machado.
Desde entonces tuvo un gran amigo que sonreía con tanta amargura como Heine y Larra. Se llamó Juan de Mairena.
Durante aquella mi primera estancia en la vieja ciudad castellana no vi las famosas ruinas de Numancia que cantara Cervantes con temple y acento de gran trágico, pero fuimos por un camino que don Antonio había paseado mucho: el de la ermita de San Saturio, que diole a Gaya Nuño tema para escribir un pequeño gran libro.
Y una tarde don Antonio me dejó en un café de no recuerdo qué plaza, diciéndome:
-¿Me permite usted que salga unos momentos? Volveré pronto.
El café era uno de esos viejos cafés provincianos –alto techo, alto mostrador, un par de columnas y en una de ellas la típica bola de metal pulido en cuyo interior el mozo guardaba el paño de limpiar el mármol de las mesas, diván corrido a lo largo del muro, espejos de lámina opaca para que, cuando el café está vacío, se contemplen en ella los fantasmas- que supongo habrá desaparecido y que yo preferiría, por su intimidad y campechanía, a la presuntuosa y fachendosa vulgaridad de las cafeterías de hoy.
Aquella tarde había poca gente en el de Soria. Una mesa la ocupaba un señor alto, cenceño, amojamado, que leía “El Sol”; otra la ocupaban cuatro jugadores de cartas; otra, yo, solitario.
Compadecido de mi soledad, se me acercaba el dueño del café.
- Buenas tardes.
- Buenas tardes, señor.
Considerándolo tal vez un defecto, preguntaba el cafetero: - ¿El señor es forastero?
- Forastero.
Y considerándolo una virtud, añadía:
- Pero amigo de don Antonio.
- Muy amigo.
- Vivió aquí en Soria unos años. Aquí se casó. Y aquí enviudó. Viene de cuando en cuando y nunca deja de visitar El Espino.
- ¿El Espino?
- El cementerio. Allí está enterrada Leonor, su mujer. Una muchacha muy linda y muy enferma. Estaba enamoradísima de él. Y él de ella.
El cafetero meneaba tristemente la cabeza. Las palabras del buen hombre hacía
más silenciosa, más solitaria, más opaca la tarde de la vieja ciudad.
Ante mi silencio preguntábame el cafetero tras una pausa de la que ni él ni yo sabíamos como salir:
- ¿No le he molestado al señor?
- No, hombre –protestaba yo- ni mucho menos. En Soria y de Soria nada puede molestarme.
Agradecía, casi emocionado, el cafetero:
- Gracias, señor.
Y antes de retirarse a su atalaya del mostrador, me aseguraba: -don Antonio es
muy sabio y muy bueno.
Cuando regresó el poeta no me dijo de dónde venía. Ni yo se lo pregunté. Únicamente quiso saber, como disculpándose por la tardanza: -¿Se aburrió usted mucho?
- No don Antonio. Yo no me aburro nunca.
Volví a verle otras muchas veces: en Madrid, en Segovia, en Soria. Y por última vez, en Barcelona, cuando la guerra llegaba a su último acto.

De Barcelona a Collioure

Habitaba una casa al pie del Tibidabo. Una casa que en tiempos de paz debió ser elegante y confortable. Con la guerra era inhospitalaria, adusta, repelente. Hacía frío. No funcionaba la calefacción y la luz, lívida y temblona lo hacía a intermitencias. Don Antonio estaba desconocido, era ya irremisiblemente viejo. Tenía la faz chupada y con barba de tres o cuatro días; usaba gafas y tras los cristales de las gafas la mirada, que es lo que da luz al rostro humano, era luz de crepúsculo cuando ya el crepúsculo va a convertirse en noche. Iba sin corbata y vestía un viejo gabán. Andaba lentamente, arrastrando los pies.
- Preguntóme: -¿todo está perdido?
No me sentí con fuerzas para mentirle y corroboré:
- Sí, don Antonio: todo está perdido.
Callaba, anonadado. Pero aún en aquel momento duro y amargo de su vida supo
reaccionar como es de ley en los hombres muy hombres y con púdica, con estoica entereza, dijo:
- Hay que saber perder.
Y sonrió. Amargamente, pero sonrió. Ultima chispa de energía del hombre antes
de caer. Ultima sonrisa con la que moría el socrático Juan Mairena.
Ya no volví a verle. Pocos días después, el 7 de febrero entraba yo en Francia. Permanecí unos días en Perpiñan. Me acuciaba una gran angustia. Preguntaba a los pocos que se salvaron de caer en la ratonera del campo de concentración: ¿Qué había sido de don Antonio?
Nadie sabía de él. Luego pasé a Toulouse sin papeles de identidad –el pasaporte diplomático era totalmente inútil- y me acogí provisionalmente a un refugio de intelectuales organizado por la Universidad y el Ayuntamiento de la ciudad de las violetas.
Preguntaba a los intelectuales del refugió:
- ¿Y Machado? ¿Sabéis algo de Machado?
Tampoco los intelectuales sabían nada.
Toulouse comía y bebía, reía y cantaba sin figurarse ni remotamente que pronto
la guerra llamaría a las puertas de la “douce France”. Y un día de finales de febrero Juan Cassou me escribía desde París: “Ya sabrás, supongo, que en Colloure ha muerto nuestro Antonio Machado”. La noticia, que Cassou comentó después en “Les Nouvelles Litteraires”. Fue para mí un golpe muy duro.
El terminar la guerra con Alemania y dividirse Francia en dos zonas –la ocupada por los vencedores y la llamada libre- Cassou, como Georges Friedman, Wladimir Jenkelevitz, como tantos otros intelectuales franceses, prefirió abandonar París para refugiarse en la zona libre. Yo, que residía en Aix-les-Thermes, iba con frecuencia a Toulouse y me veía frecuentemente con Cassou; en casa del doctor Soula, gran conocedor de la literatura catalana, buen fisiólogo y sutil comentarista de Mallarmée; en la librería de Silvio Trentin, que moriría pocos años después en Venecia y algunas noches en una taberna-restaurant de la rue de Trois Piliers, la de Manolo, ampurdanés pintoresco y buena persona, y en otra, la de Juan Clot, en la rue des Potiers, cuartel general de la Resistencia. A pesar de los restaurantes y las tabernas, fueron años peligrosos, de riesgo y aventura, vividos a salto de mata.

La triste odisea de los Machado

Una vez Francia libre – o casi libre- de los alemanes y sus amigos, en febrero del 45, los días 24 y 25 y por iniciativa de Cassou, se celebró el primer homenaje a la memoria de Antonio Machado. A primera hora de la tarde y en coches cedidos por la Prefectura salimos con rumbo a Perpiñan Jean Cassou, Tristan Tzara, Corpus Barga, Mario Aguilar, Francisco de Troya y yo. Joseph Fontbernat se nos uniría en la capital del Rollellón. Los coches avanzaban raudos hacia el mar. El aire se hacía más templado; el cielo, más azul. Pasado el Aude aparecían, bandera blanca cantada por Maragall, los primeros almendros en flor. Durante el viaje, Corpus Barga, gran amigo y gran escritor, me contaba la triste odisea de los Machado. No era cierto, como se dijo, que don Antonio había sido arrojado al campo de concentración. Don Antonio salió de Barcelona en un camión militar el último domingo de enero de 1939. Le acompañaban su madre, su hermano José y la mujer de éste. Durante el penoso trayecto perdieron parte del pobre equipaje. En Port Bou les esperaba Corpus Barga, que los metió en el tren y con él los llegó a Collioure cuando atardecía. En la plaza de la estación estaban haciendo obras de reparación y el piso despanzurrado era de difícil acceso para la madre ancianita y enferma. Corpus, alto y recio, la cogió en brazos. Mientras cruzaban la plaza, preguntábale la madre al hijo, que iba delante:
- ¿A dónde vamos, hijo? ¿A Sevilla tal vez?
El hijo callaba. No podía decirle a la madre lo que sin duda pensaba: que aquella
era “la hora del último viaje” y estaba “presta a partir la nave que nunca ha de tornar”.
Corpus Barga se entró rápido y decidido en una tienda de la plaza, la de madame
Figuères, que tenía comercio de tejidos, preguntando si les permitirían reposar un momento a unos viajeros que llegaban de España mientras él salía en busca de hotel. Madame Figueres sacó tres sillas en las que se dejaron caer la madre vieja, el poeta, que ya parecía tan viejo como la madre, y la esposa de José, que había salido con Corpus. Las gentes de la casa les contemplaban a los fugitivos con respeto y, por respeto, hablaban en voz baja.
Corpus encontró pronto el hotel: el de madame Quintana, muy cercano al
cementerio. Don Antonio que salió pobre de España, se inquietaba por lo copioso de las comidas, lo caras que resultarían y lo difícil que le sería poderlas pagar. Y un día le dijo a madame Quintana, con timidez de pobre que intenta disfrazar su pobreza:
- Nos da usted demasiada comida. Nosotros, señora, tendríamos suficiente con
unas patatas, un poco de pan y un vasito de vino.
Madame Quintana, que es mujer de cara fosca y alma clara como la luz, se le
quedó mirando, comprendió perfectamente lo que le pasaba y, acentuando su habitual tono brusco por mejor disimular la piedad que sus huéspedes le inspiraban, dijo desabridamente:
- Ese Menú no se lo sirvo a nadie en mi casa. Les daré lo que me plazca. Y no se
hable más.
Cuando murió Machado, de una pneumonía, el 22 de febrero, miércoles de
ceniza, su madre, también muy enferma –moriría tres días después- no se enteró. (A pesar de que solo un biombo la separaba de la cama del hijo.)
Presidieron el entierro José Machado y su mujer, un amigo de cuyo nombre no
puedo acordarme en estos instantes, el alcalde de Collioure, monsieur Paul Combeau, hombre de alto corazón, que fue el primero en interesarse por el poeta durante su brevísima estancia en la playa francesa y el primero en honrarlo una vez muerto. El féretro, depositado en el nicho de la familia Py Deboher y cubierto con una bandera española, lo llevaba en hombros un escuadrón de soldados españoles de caballería. A la madre, provisionalmente también, se la sepultó en tierra, a los pies del hijo, en el lugar cedido por el Ayuntamiento donde hoy está la tumba, obra del arquitecto Lloancy, que además de arquitecto es un poeta nada vulgar.

Flores en la tumba

Así murieron Antonio Machado y su madre. Nunca, desde entonces, han faltado las flores en su tumba. Las lleva todos los días del año madame Quintana; las llevan estudiantes franceses de literatura española, las lleva, desde Andorra – bien lo recordará García Celaya- Juan Sasplugas, que se dedicó a lo que, desgraciadamente, no sabe dedicarse todo el mundo: a rodearse de libros y de amigos que, afortunadamente, no lo son de todo el mundo. Y en octubre del 68 apareció sobre la tumba: ANTONIO MACHADO, SEVILLA 1875. Collioure 22-II-1939. ANA RUIZ madre del poeta SEVILLA 4-II COLLIOURE 25-II-1939, una ancha cinta de letras plateadas que rezaba “ASÍ EN LA TIERRA COMO EN EL CIELO. LEONOR. 30-7-1909”.
¿Llegaba del Espino soriano, de la tumba de Leonor? Nadie lo sabía. Cuando dos años después asistí a otro de los homenajes a nuestro don Antonio la cinta había desaparecido. Nadie sabía quién se la llevó.
Del que en 1945 franceses y españoles le dedicamos al poeta –recepción en el Ayuntamiento de Perpiñan que, con la Prefectura, se sumaba al homenaje, recital discursos y música en el viejo Teatro Municipal de la Plaza del Mercado– conservo dos recuerdos que no puedo ni debo olvidar. Al terminar el acto en el teatro se me acercaron seis o siete jóvenes, buena gente de humilde condición social, para decirme que eran españoles, que residían en Elne, que habían asistido al homenaje a pesar de ser muy pobres, pero que al día siguiente, por pobres, no podrían ir a Collioure y me rogaban que al pasar nos detuviéramos unos momentos en Elne. Y al día siguiente nos acogía toda la población, franceses y españoles al pie de un arco de triunfo coronado por una gran pancarta “a la mayor gloria de Antonio Machado”.
Ya en Collioure, se nos unieron las gentes del pueblo y nos acompañaron al Hotel Quintana, en cuya entrada hay una placa conmemorativa, obra del buen escultor Paredes. Desde la terraza del Hotel, Jean Cassou y el autor de este articulo dijeron su profunda gratitud a las buenas gentes que les vieron llegar a la madre y al hijo y les vieron partir. Y al acompañar nos al cementerio, uno de los del pueblo, un pescador que muy probablemente ignoraba la existencia de una vieja ciudad llamada Soria me habló de Antonio Machado, siempre presente en Collioure. Y me dijo, casi con las mismas palabras, lo que muchos años atrás me había dicho el cafetero de Soria:
-Nadie en el pueblo sabía que era un personaje, pero todos sabíamos que era un hombre muy bueno, muy sabio.

Luis CAPDEVILA


Miguel Moreno Moreno

DOMICILIOS (Soria)

Casa nº 4 de la Calle Estudios de Soria, que fue antes número 7

1º.- En ella vivió durante casi toda su estancia en Soria el catedrático de francés y poeta ilustre, D. Antonio Machado.

2º.- Esta casa era propiedad de una familia apodada "los reinillos", por ser descendientes de la Reina de Tardajos. Esta señora, labradora, guapa y robusta, casada, mantenía relaciones ilícitas con uno de sus criados. Para que el adulterio no pudiera descubrirlo el esposo, los amantes decretaron matarlo y así lo hicieron; pero la justicia descubrió el crimen y los criminales fueron condenados a la horca, que se instaló, junto a la ermita de la Soledad, hacia mediados del siglo XIX. Desde las cárceles, en la Plaza de la Constitución, hasta la dehesa de San Andrés, fueron transportados en una carreta: calle de Latoneros, Collado, Postigo y Marqués de Vadillo - tengo la noticia por el industrial soriano D. Anastasio Sánchez Martialay, cuya abuela materna, testigo presencial de aquel acontecimiento, lo contaba repetidas veces y él mismo se lo había oído.

3º.- Ahorcados los adúlteros en el lugar indicado, "se dice" - y esto ya no puede confirmármelo Sánchez Martialay - que fueron enterrados en el atrio mismo de la ermita de la Soledad.

4º.- Llamar Reina de Tardajos a aquella labradora parece que se debe a su belleza y corpulencia, de una parte; pero de otra a que dentro del medio ambiente aldeano destacaba en la manera de vestir sobre todas las otras mujeres de Tardajos. Por añadidura cada día se cambiaba cuatro y seis veces de vestidos, que, generalmente, los utilizaba de sedas finas o de tejidos verdaderamente nobles.

5º.- Entre los reinillos, descendientes de tal personaje, uno de ellos, boticario, Anastasio Llorente (hermano de Justo Llorente; médico), que ejerció en El Royo, corto tiempo pues murió relativamente joven, estuvo casado con doña Petra Rosa de la Hoz, nacida en América pero oriunda de Salduero. El tal boticario de Soria era el dueño de la casa número 7 de la calle los Estudios de Soria, que tenía alquilada Doña Isabel Cuevas Acebes, y de la que salió don Antonio para casarse, en la que murió Leonor el año 1912 y en la que murió Don Ceferino, padre de Leonor, en .......... Antonia Izquierdo, en 1943.

6º.- Dña. Petra Rosa de la Hoz, viuda del boticario del Royo, del que tuvo una hija que murió a los seis años, a la que ella heredó, casó con D. Julián Jimeno, maestro nacional, que vivió en Soria en su propia casa y en la que ahora vive su viuda (Algún tiempo ocupó parte baja del edificio el "Bar Burgalés"; hoy hay establecimientos de lanas Pildar y Droguería DY-MA.

7º.- Collado, 54. Casa de "Los Pachendillos"

8º.- Teatinos. Convento que ocupó la parte central de la Plaza de Abastos, hasta que fue construido.

9º.- Al mismo tiempo, 1908-1912, Doña Isabel tenía alquilados los números 2 (hoy 4), 7 y 9 de la calle Estudios.